Retos sexológicos para la cultura del siglo XXI
El saber sexológico actual está constituido por multitud de conocimientos científicos veraces y rigurosos, pero fragmentarios, inconexos y desgajados, casi siempre centrados en el «sexo que se hace» y en sus muchos y múltiples aspectos: sociológicos, psicológicos, sanitarios, políticos, morales, educativos, antropológicos. Este totum revolutum, a fuerza de pretender ser multidisciplinar, acaba siendo no-disciplinar.
Sin embargo, es del todo necesaria una disciplina que estudie los sexos y trate de entender por qué somos sexuados, como hombres y como mujeres. Para comprender este alambicado y complejo proceso de cómo nos sexuamos, hemos de cambiar algunas de nuestras perspectivas teóricas.
«Es necesario crear y promover saberes, valores, habilidades, recursos, experiencias e instituciones que permitan a los hombres y a las mujeres convivir, respetarse, compartirse, entenderse, arreglarse, etc., con respeto, consideración y valoración a su calidad —sexualmente diferenciada— de hombres y mujeres.»
Para empezar: no se trata de genitales, sino de identidades; no se trata de referencias, sino de diferencias; no se trata de perversidad, sino de diversidad. Pero además ha de entenderse que el sexo no es disyuntivo, sino conjuntivo.
Así pues, no somos ándricos o gínicos —azules o rosas— sino que somos ándricos y gínicos —azules y rosas—. O sea, somos ginándricos, pues la intersexualidad no es la excepción, sino la norma. Todos y todas tenemos —mucho o poco— de «lo uno» (lo que tenemos como «propio») y de «lo otro» (lo que tenemos como «ajeno»).
