Nuestro modelo formativo no se parece a lo que conoces. No porque sea más moderno, sino porque parte de un propósito distinto: el crecimiento personal y profesional de cada quien, a su manera y a su ritmo.
No diferente en el sentido de mejor o más avanzada tecnológicamente. Diferente en lo esencial: está centrada en el crecimiento —personal y profesional—, no en la obtención de un título.
Esto supone un salto de paradigma pedagógico. Y los saltos de paradigma tienen consecuencias prácticas: en el día a día, cambian bastantes cosas que hasta ahora dabas por sentadas en cualquier formación.
Como hay directo y diferido, como hay sincronía y asincronía, como cada persona tiene su propio ritmo, cambia qué es la clase y qué es participar en ella, qué es el grupo y qué son las relaciones entre compañeros, qué es el horario, cómo se evalúa, qué significa progresar.
No tenemos costumbre de funcionar así, y tenemos que aprenderlo haciendo.
Sucede en un espacio digital que permite tanto el encuentro en tiempo real como el acceso diferido a los materiales.
Se adapta a los tiempos y ritmos reales de personas adultas con vida propia, no al contrario.
El crecimiento es de cada quien. No hay un único camino correcto ni un nivel de referencia al que todos deben llegar.
El instituto y el equipo docente acompañan el proceso de cada persona de forma individual, no en masa.
Durante siglos hemos sido instruidos en una pedagogía centrada en la enseñanza y la obtención de un título. En ISESUS hemos descartado casi todo de ese modelo. Aquí está la comparación sin eufemismos.
Lo que hemos heredado
Lo que elegimos
Hay una sola concesión al modelo tradicional: la nota final, entre 0 y 10. Es un gesto formal hacia los usos universitarios convencionales. No refleja un juicio sobre la persona ni su proceso, sino una devolución concentrada en un dígito que el sistema exige. Nada más. Todo lo demás queda desechado.
«Lo relevante es producir un espacio relacional nutritivo que permita que cada quien, singularmente, crezca.»
La evaluación no sirve al propósito de calificar ni, mucho menos, de suspender. Todos y todas crecen y progresan.
Evaluamos el programa, el profesorado, la didáctica y el clima de aprendizaje. No el rendimiento individual de cada participante.
Ocurre en relación a uno mismo, no comparativamente con los demás ni con expectativas externas predefinidas.
Aunque el tiempo del curso se acabe, el acceso a los recursos —materiales y personales— permanece abierto. El crecimiento no tiene fecha de cierre.
Trabajamos con personas adultas en un marco de colaboración y confianza. Por eso no hay fiscalización del rendimiento académico. La responsabilidad del proceso es compartida, y la confianza va en las dos direcciones.
Puede ocurrir que, en algún caso, el aprovechamiento no sea el adecuado, el suficiente, el esperado. Cuando tal ocurre, solo pierde quien ha perdido la oportunidad y desaprovechado su inversión de tiempo y recursos. No hay más consecuencias formales.
Pero incluso en ese caso hay algo importante: la oportunidad del crecimiento nunca se cierra del todo. El tiempo del curso se acaba, pero el acceso a los recursos —materiales y personales— no. Es otra forma de entender lo que significa formarse.
Este sistema requiere una actitud activa por parte de quien participa. No porque haya control, sino porque el crecimiento genuino solo ocurre cuando uno se implica de verdad.
Consulta la oferta formativa de ISESUS o escríbenos si tienes dudas sobre cómo funciona este modelo en la práctica.