213 30. NUESTRA IMPOTENCIA CON LAS CAUSAS Y LAS CAUSAS DE LA IMPOTENCIA Médicos contra psicólogos y viceversa T radicionalmente —más por desconocimiento idiomático que por sarcasmo— se han clasificado las disfunciones eréctiles en: médicas o psicológicas . Dicho en estos términos, estaríamos hablando: o bien de las disfunciones eréctiles de los propios médicos y psicólogos (por su puesto, varones); o bien de otro tipo de impotencias —conceptuales, clí nicas, etc.— de tales profesiones o de tales profesionales. Suele argumentarse que tal clasificación se establece por razón de la diferente naturaleza causal de estas impotencias. Según esto, habría impotencias de causa médica o de causa psicológica; o sea, literalmente, producidas por la Medicina o por la Psicología. T ales dislates
ocurren porque es común que no se diferencie entre la ciencia que estudia un objeto (por ejemplo, la psicología) y el objeto que estudia esa ciencia (en este caso, la psique). Así, cuando se dice que alguien tiene un problema psicológico en realidad se está diciendo que alguien tiene un problema que tiene algo que ver con la ciencia que es tudia la psique (aunque no sea eso lo que en realidad se quiere decir, sí es lo que realmente se está diciendo). Así mismo, si se dice que la causa de una impotencia es psicológica se está diciendo que esta impotencia está causada por la disciplina que estudia la psique. Lo mismo ocurre si se dice que alguien tiene
un problema médico o si se dice que la causa de la impotencia es médica. No hay ninguna duda de que, efectiva mente, puede haber impotencias iatrogénicas causadas por la medicina o por la psicología, pero aquí no vamos a hablar de ello. Un cierto análisis de este dislate lingüístico —torpe pero diver tido— permite evidenciar que al clasificarse las impotencias en médicas o psicológicas de lo que realmente se está hablando es de las compe tencias científico-profesionales de médicos y de psicólogos frente a la reparación de tales impotencias. Probablemente, la insistencia en el " lapsus linguae " tenga algo que ver con el hecho de que quizás no se discuta sobre las causas sino sobre los tratamientos. Y
, por lo tanto, al final se trate sólo de una dis cusión de terrenos competenciales y no una discusión de conceptos o de ideas sobre la impotencia. En último término, quizás se esté hablando de euros (o sea: de euros médicos frente a euros psicológicos) en relación a las erecciones que no terminan de funcionar como se pretende que funcionen. Pero ahora está cuestión de los euros no viene al caso. Así pues, vayamos a las ideas y a los conceptos para entender algo sobre nuestra impotencia con las causas y las causas de nuestras impotencias. Unos y otros; médicos y psicólogos, tienden a presuponer que las causas y, sobre todo, los tratamientos —que usan de las causas como
justificación instrumental— han de ser: o bien de una o bien de otra ca tegoría que se suponen mutuamente excluyentes. Así mismo, presupo nen que si la causa es de una categoría, el tratamiento ha de serlo de esta misma categoría. T ambién presuponen que si un tratamiento es efi caz para una impotencia concreta, ello demuestra que la causa era de esa misma naturaleza; en este caso: bien psíquica o bien orgánica. Es precisamente por esto que los psicoterapeutas no hacen sino retroalimentarse de la naturaleza psíquica de las impotencias que tratan y los médicos no hacen sino retroalimentarse de la naturaleza orgánica de las impotencias que también tratan. Por debajo de estas torpezas terminológicas, la supuesta discu sión
conceptual, por lo menos la manifiesta, se refiere a las causas: es por 215 tanto un debate etiológico. Ahora bien, según la supuesta naturaleza de estas causas, las impotencias se clasificarían en: orgánicas y psíquicas (o, si se prefiere, del cuerpo o del alma ). Ahora bien, hay sobre este asunto dos detalles que conviene subrayar. El primero de ellos, cuando se dice que algo es orgánico o psí quico se presume que la realidad humana es divisible en estas dos ins tancias que son, a su vez, distintas, disyuntivas y mutuamente excluyentes. En segundo lugar, tal distinción omite y oculta que la mayor parte de los problemas y las dificultades sexuales no son ni del cuerpo ni del alma
de ninguno de los dos individuos que participan en el encuentro amoroso sino que emergen en la propia interacción amorosa. Esto suele ser verdad respecto a la explicación causal y aún es más verdad respecto al tratamiento. O dicho de otro modo, la relación suele estar en la base de la propia creación del problema pero suele ser un recurso funda mental en la solución de este problema. En cuanto a esta cuestión, conviene darse cuenta de cuáles son las diferencias entre sexólogos, médicos y psicólogos (aclarado que la mayor parte de los sexólogos son, además: o bien médicos o bien psi cólogos). Simplificando mucho, para los médicos y los psicólogos lo se xual es una función mientras que para
los sexólogos es una interacción . La diferencia entre los profesionales de la medicina sexual y los profe sionales de la psicología sexual radica en que para los primeros la tal función es orgánica mientras que para los segundos es psíquica . Sin em bargo, para los sexólogos el encuentro amoroso (por lo tanto, también, todas sus dificultades y sus problematizaciones) no es una disfunción del individuo sino que es una insatisfacción de la interacción amorosa. Ha blamos de un juego al que juegan dos jugadores que interactúan como amantes. Como esto es así, puede decirse que hay: tratamientos sexo lógicos de la relación sexual insatisfactoria, tratamientos psicológicos de la psique sexual disfuncional y tratamientos médicos del soma sexual dis
funcional. Por supuesto, hablamos de abordajes diferentes que pueden / NuESTRA IMPOTENCIA CON LAS CAuSAS Y LAS CAuSAS dE LA IMPOTENCIA ofrecerse para una misma demanda. Un último asunto. La clínica tradicional (tanto somática como psíquica) maneja el siguiente esquema en cuatro fases que son necesa riamente coherentes y lineales: etiología, diagnóstico, tratamiento y cu ración. Así pues, en orden inverso, se presume que la curación requiere de un tratamiento el cual requiere de un diagnóstico el cual requiere de un análisis etiológico. Luego, resulta que la realidad es mucho más com pleja y diversa pues se producen: curaciones espontáneas sin tratamiento alguno, curaciones sin diagnóstico, tratamientos sin curación, trata mientos sin diagnostico, diagnósticos sin etiología, ... En fin, el
tema es complicado. Por el contrario, la terapéutica sexológica opera en otro marco que se explica de otro modo del todo diferente. Así, hay problema (o dificultad) y puede haber una solución. De este modo, existen los pro blemas (que son siempre construidos y subjetivos) y existen las solucio nes (que pueden ser eficaces, o no, y que están al alcance, o no). A su vez, no hay una predecible coherencia entre los problemas y las solu ciones. Y esto es así porque las relaciones entre problemas y soluciones son complejas y no son lineales. Por ejemplo, un mismo problema puede tener varias soluciones diferentes y una misma solución puede aplicarse para varios problemas diferentes. A su vez, el propio
terapeuta no es un dispensador de soluciones sino un facilitador de oportunidades de cambio . Finalmente, la mayor parte de las veces, es el propio pa ciente quien se procura a sí mismo el tratamiento. Y este tratamiento no es otra cosa que una experimentación amatoria y la curación no es otra cosa que los cambios benéficos que han emergido de estas nuevas ex periencias amorosas. En fin, hablamos de cosas diferentes. Las causas y la guerra de cifras En los últimos años, sobre todo desde el mundo de la urología, se está poniendo de moda presentar porcentajes sobre etiología —psi 217 cógena versus orgánica— de las llamadas disfunciones eréctiles . Según estos porcentajes, las impotencias por causa orgánica representan
el 50%, el 70%, o últimamente, ya, el 90% del total de las ausencias o pérdidas de las deseadas erecciones varoniles. Frente a estos datos la res puesta habitual desde el mundo de la psicología suele ser la descalifi cación de estos porcentajes o la inversión de las cifras. Lo interesante del asunto es que, unos y otros, creen que el porcentaje de «lo otro» (lo que no es lo propio) es igual al porcentaje restante. Así, si mi porcentaje es 80% presumo que el porcentaje del otro es del 20%. En fin, de este modo resulta que cada uno es capaz de calcular , por descarte, el por centaje de aquello de lo que no tiene la menor idea.
Alucinante. Desde el mundo de la investigación —cualquiera que sea la dis ciplina que investigue—o bien se conoce la causa de algo, o bien se des conoce. Cuando la investigación es médica si se conoce la causa, ésta ha de ser necesariamente orgánica. Cuando se desconoce la causa se la nombra, usando el término habitual, como idiopática (o sea, descono cida). Así pues, en medicina decir causa idiopática es tanto como decir "desconocemos cuál es la causa"; o sea, ni repajolera idea. Sólo en estos casos, un poco por concesión profesional y otro poco por la característica discapacidad clínica de los médicos cuando desconocen la causa (en Medicina, axiomáticamente, el tratamiento re quiere de una explicación causal) se supone —y
se clasifica— como psi cógena . De este modo, las impotencias idiopáticas (o sea, las que no tienen causas conocidas para la medicina) se tornan, birlibirloque, en psicógenas . Así que, visto desde el mundo médico, el misterio de la mente crece con el recurso a lo desconocido. Cada vez que no encuen tro una explicación en el cuerpo me imagino que tiene explicación en la mente. Se trata de una conceptualización que parte, como ya se ha dicho, de un dualismo disyuntivo y clasifica por exclusión. Con todo ello, es natural que cuanto más se investigue más se sepa; cuanto más se sabe, menos desconocimiento hay; o sea, menos idiopatía y, siguiendo esa lógica perversa, menos psicogenia . Que
las cifras aún estén en el 90% no significa sino que aún falta un mayor conocimiento médico de la impotencia. Cuando se haya entendido, por fin, todo el cuerpo des / NuESTRA IMPOTENCIA CON LAS CAuSAS Y LAS CAuSAS dE LA IMPOTENCIA aparecerá la mente porque la mente no es sino una emergencia del fun cionamiento de una parte del cuerpo: el cerebro. Así, cuando el conocimiento médico disipe totalmente la idio patía, desaparecerá la psicogenia de las disfunciones eréctiles. De hecho, yo creo que en dos o tres décadas ya no habrá impotencias psicógenas en los tratados médicos. A ello contribuirán los nuevos preparados far macológicos que ya están siendo usados con bastante eficacia para todo tipo de disfunción
eréctil; por cierto, al margen de su etilogía. Vamos a detenernos un momento en esta cuestión multietioló gica. Efectivamente, los inhibidores de la fosfodiesterasa (incluso las pros taglandinas) están resultando muy eficaces en el tratamiento de la disfunción eréctil; por cierto, al margen de cuál sea la causa; incluso, de si es, o no, conocida. O dicho de otra manera, estos preparados mejo ran muy sensiblemente la función eréctil al margen de cuales sean las razones que la dificulten (desde el exceso de alcohol en sangre hasta la diabetes, desde la ansiedad de rendimiento hasta la toma de hipoten sores,
