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Capítulo 27: La Nueva Moral Sexual De Occidente

Texto breve para la divulgación de los sexos · Adaptación editorial para blog
Imagen ilustrativa del capítulo 27

177 27. LA MORAL DEL NUEVO ORDEN SEXUAL DE OCCIDENTE [Nota: este texto fue co-escrito junto a Ester Pérez Opi] T oda moral sexual deviene al menos de cuatro fuentes de auto ridad: la Costumbre, la Ley, la Verdad y el Bien; o si se prefiere: los usos, las normas, el conocimiento y los valores. Como la primera de estas fuentes es la Costumbre, todo hecho moral asentado en la Cultura tiende a ser inercial y resistente al cambio; incluso, llegado el caso, re accionario. Así mismo, todo cambio pretende ser perfectivo y progre sista; incluso, llegado el caso, revolucionario. A todos nos convendría evitar la ingenuidad de creer que todo cambio es —de sí— benéfico; o que toda conservación

es —de sí— pérfida. O, al revés, que toda con servación es valor y toda transformación, amenaza . Esta tensión entre cambio y costumbre puede ser conflictiva pero puede ser benéfica; siem pre que no sea paralizante. Desde finales del s. XVIII, se vienen produciendo hechos de trans formación de la moral sexual (esto es: cambios en las costumbres, en las leyes, en los conocimientos y en los valores sexuales) que resultan ser una ruptura del antiguo paradigma moral. Muchos de estos hechos han eclosionado ya en el conocimiento, los valores y las leyes del s. XX y marcarán ya ineludiblemente las costumbres del s. XXI. Se trata de la construcción de un Nuevo Orden Sexual que sustituye al Antiguo

Orden Sexual. Precisamente, sobre este tránsito versa este artículo, escrito en un tiempo en el cual el paradigma antiguo se derrumba y, el nuevo, está aún por construir. T ránsitos matrimoniales A finales del siglo XX, fuimos testigos de un encendido debate político en torno al matrimonio homosexual. El asunto tenía múltiples prismas, pero uno subyacía a todos: se trataba de una cuestión de moral sexual. Básicamente litigaban: progres frente a regres ; la regulación es tatal frente a la eclesial; el contrato civil frente al sacramento reli gioso,…; pero, también, el matrimonio erótico (casarse por amor) frente al matrimonio genésico (también: proletario o progenitor; en cualquier caso, casarse para producir prole o progenie). Con apoyos y detraccio nes, finalmente,

la ley se hizo y hoy pueden contraer matrimonio civil, también, las personas que aman a personas de su mismo sexo. Con esta modificación legislativa, la institución matrimonial civil resulta ahora un contracto legal, convivencial, cooperativo, patrimonial y erótico de ciudadanos con iguales derechos y obligaciones al margen de su condi ción sexual. En términos legales, ha prevalecido el principio de igualdad jurídica y en términos morales ha prevalecido el matrimonio erótico. T ales principios pueden expresarse de la siguiente manera: "si se aman, pueden casarse legítimamente; y si se casan, pueden amarse legítima mente". El asunto parece novedoso, pero se asienta en un lecho moral bicentenario. Pues, aunque suela creerse que casarse por, y con, amor es costumbre ancestral,

lo cierto es que se trata de un invento del s. XVIII que sólo ha triunfado en los códices, valores y costumbres del s. XX. El matrimonio erótico fue, durante mucho tiempo, un fenómeno desacostumbrado, heterodoxo y desaconsejable; incluso, inmoral. Desde luego, amoral. Flandrin informa de la existencia de abundante literatura polémica en torno al matrimonio en la Francia del siglo XVI que ponía en tela de juicio la institución matrimonial misma y, desde luego, ridi culizaba a los casados. Así mismo, señala que a los moralistas medieva les y renacentistas les inquietaba muy poco si los esposos sentían amor el uno por el otro, pues sólo les era exigido el cumplimiento de sus de beres conyugales (producción de prole).

O, así mismo, apunta que, en 179 los dieciocho catecismos publicados en Francia entre el Concilio de T rento (1542) y el final del siglo XVIII, sólo encontró uno que prescri biese el amor entre los cónyuges y que esto ocurría ya muy avanzado el s. XVIII. Fue, precisamente en aquel tiempo pre-revolucionario fran cés, que este cambio comenzó a fraguarse e impregnó los tratados de moral occidentales. Por ejemplo, el anónimo autor del francés Caté chisme de 1785 escribiría: " sólo de las manos del Amor deberían reci birse los dones del Himeneo ". Hasta entonces Amor y Matrimonio caminaban tan separados que la unión amorosa era fundamentalmente extra-conyugal. Hoy nos parece ortodoxia moral afirmar que el Amor es

la razón y el sostén matrimonial. Incluso en el marco eclesial el matrimonio es: "comunidad de amor y vida ". Sin embargo, el matrimonio de los ena morados fue una revolución ilustrada de la moral sexual. Fruto de aque llo, y parafraseando aquel catecismo dieciochesco, actualmente podría afirmarse: " sólo de las manos del Amor deberían recibirse los dones del Matrimonio ". Y de este consenso participarían hoy: hombres y mujeres, progres y regres , religiosos y laicos, homos y heteros ,..., del mundo oc cidental. Aquel tiempo ilustrado también propuso otra reforma de la moral sexual: el matrimonio igualitario (esposos iguales en derechos y obligaciones). Sin embargo, tras la Revolución Burguesa los valores de igualdad, fraternidad y libertad germinaron

más bien entre los ciudada nos que entre las ciudadanas. La mujer post-revolucionaria siguió siendo más bien un objeto patrimonial que un sujeto político , así que la cos tumbre siguió dictando que la esposa fuese una especie de menor que pasaba de la tutela del padre a la tutela del marido. Esto definía la re lación conyugal en términos de jerarquía y de educación (el esposo era el pater familias y tenía para sí el deber y el derecho de educar a la es posa; incluso castigándola). De ese modo, la máxima medieval " mulie res subjectae sint viris suis " (las mujeres están sujetas a sus maridos) siguió regulando el matrimonio hasta bien entrado el siglo XX. Incluso

sigue haciéndolo hoy, inequívocamente, en buena parte del mundo; e implí citamente, en buena parte de nuestro rincón occidental. / LA MORAL dEL NuEVO ORdEN SEXuAL dE OCCIdENTE La subordinación femenina no operaba igual en todas las facetas matri moniales. Había una curiosa y contradictoria excepción: el lecho con yugal. Allí donde se celebraban los actos per se aptos ad prolis generationem (en sí mismo adecuados para la generación de la prole) o allí donde los esposos sese mutuo traduunt et accipiunt (mutuamente se entregan y se reciben), ya desde San Pablo, no operaba el principio moral de la jerarquía masculina sino el principio de mutuo adueña miento (de ahí, el débito conyugal). Al respecto señala San Pablo: " La

mujer no es dueña de su propio cuerpo; es el marido; e igualmente el ma rido no es dueño de su propio cuerpo, es la mujer " (I Corintios, 7, 2-4). En la horizontal del encuentro carnal, sobre todo a partir del s. XIII, con Alberto el Grande, los esposos sí eran moralmente iguales ("in hoc, enim, pares sunt"), al menos en tanto que mutuamente propieta rios del cuerpo ajeno. Hoy puede parecernos que no hay más sobera nía corpórea que la propia y libérrima soberanía; luego que nadie es dueño del cuerpo ajeno (a lo sumo, en el peor de los casos, usufruc tuario consentido y convenido ). El matrimonio erótico (incluido, ahora, el matrimonio homose xual) frente al

matrimonio proletario, el matrimonio igualitario frente al matrimonio patriarcal o el deseo soberano y libérrimo frente al débito conyugal son algunos de los cambios morales que han ido ocurriendo en cuanto al matrimonio a lo largo de estos dos últimos siglos. En todos los casos, las transformaciones fueron primero: cambios en el marco de los conocimientos y los valores; luego, cambios legales; finalmente, cambios en las costumbres generales. El Antiguo Orden Sexual Se ha llamado Pacto Sexual al marco dimórfico de regulación so 181 cial establecido por razón de sexo. Metafóricamente, se presenta como un acuerdo neolítico (incluso paleolítico) entre los sexos en virtud del cual los hombres se encargarían de la caza, la defensa y el dominio ex trafamiliar;

y, las mujeres, de la recolección, el cuidado de la progenie y el dominio intrafamiliar. En lo sustancial este modelo de organización social ha permanecido durante milenios, pues se trata de la piedra an gular del Antiguo Orden Sexual . El pensamiento feminista ha criticado esta expresión que presu pone acuerdo, contrato o armonía; sustituyéndola por el término Pa triarcado , del que se deduce dominación, jerarquía y opresión de lo femenino. Sea Pacto Sexual o Dominación Patriarcal, lo cierto es que este modelo de organización social estructurada por razón de sexo se resquebraja y se tambalea. Los dominios, las funciones y tareas, los papeles, el estatus social, los referentes, los valores, las interacciones, las aptitudes y las actitudes, etc.,

pre-asignados y promovidos en virtud de este sexo dimórfico, están cultural e intelectualmente puestos en entredicho gracias a lo que se ha dado en llamar Revolución Sexual . Esta revolución incruenta, funda mentalmente animada por los emergentes Movimientos Feministas, está suponiendo una revisión exhaustiva y una quiebra radical de aquel mi lenario modelo. Ahora bien, con más o menos conciencia, con más o menos ten siones y con más o menos contradicciones, llevamos dos siglos constru yendo este Nuevo Orden Sexual . Una vez surcado este Rubicón moral resulta del todo evidente que hombres y mujeres constituyen la ciuda danía del mundo y que ninguno de los sexos puede arrogarse razón o poder sobre el otro. Resulta asimismo evidente que

la ciudadanía fe menina ha sido sometida, silenciada y ninguneada y que este orden de subordinación tiene la misma legitimidad moral que la abolida esclavi tud; esto es, ninguna. Y en razón de ello —y con propósito corrector y correctivo—parece legítima la discriminación positiva tendente a que las mujeres sean sujetos políticos plenos en igualdad de derechos, oportu / LA MORAL dEL NuEVO ORdEN SEXuAL dE OCCIdENTE nidades y obligaciones. En el Antiguo Orden, se tenía al sexo por necesariamente di mórfico y/o dicotómico; así pues, sólo se contemplaban dos formas o dos categorías que determinaban la biografía de los individuos; al mar gen de sus muchos hechos de diversidad. Parecería que el sexo era el principio regulador; sin embargo,

el sexo era —de hecho— sistemática mente negado; pues negadas eran la diferencia y la diversidad sexual que son las primeras derivadas del sexo. Convendría tomar conocimiento de que el sexo no es responsa ble de su desconocimiento o de su inadecuada utilización. Y convendría discernir que lo indeseable es la determinación biográfica por razón de sexo o la injusta discriminación sexual; que no la propia condición se xuada. Y digo esto porque hemos llamado sexismo a un exceso en el que el sexo no era causa; sino el instrumento utilizado. Con ello no hemos sino, aún más, demonizado al sexo. Pero resulta que el sexo, una vez conocido y estudiado, resulta ser condición, don y valor; y no in

vención, lacra o amenaza. Es motivo para el conocimiento, la conside ración y el respeto; que no para su descalificación o extinción. Seguramente porque el pensamiento feminista tiene una deriva comprometida y marcadamente política, su análisis sobre el Antiguo Orden Sexual se ha centrado en el Poder, la Jerarquía y la Dominación (invisivilizando el Deseo, la Atracción, el Amor, la Cooperación, etc. que también estaban; aunque verticalizados). Esto ha contribuido a una vi sión maniquea de víctimas y malvados que ni siquiera corresponde con los hechos históricos. Este tiempo de tránsito ha renovado una noción laica del Pecado original heredado