151 25. INTROMISIONES ABUSIVAS DE LOS ADULTOS EN LA SEXUALIDAD INFANTIL Cabecera Los últimos tiempos están produciendo muchos escándalos rela cionados con adultos que abusan sexualmente de niños. Se hace pública la existencia de redes organizadas de pornografía y prostitución infantil que usan mecanismos complejos y soportes tecnológicamente avanza dos. Nos hacemos conscientes de la existencia de "paraísos erótico-fis cales" que son el destino de viajes muy bien remunerados para un público pederasta dispuesto a financiarlos. Incluso, en ámbitos más cer canos y afines, nos hacemos eco de episodios incestuosos o escuchamos rumores de abusos producidos en espacios supuestamente "seguros y be néficos" como el colegio, la parroquia, el club de tiempo libre, etc. ¿Qué está pasando? Introducción Vivimos en
una cultura en la cual —con un consenso como pro bablemente no haya otro— consideramos a la infancia como el mayor y más preciado de nuestros bienes. Siendo esto así, nos hemos dotado de innumerables mecanismos cuya finalidad es precisamente la protec ción de este bien que, por su propia naturaleza, es débil, desprotegido y dependiente: nuestros niños y niñas. Respecto a la protección de nues tras crías no somos demasiado diferentes de otras especies del reino ani mal, ni mucho menos de otras muchas culturas humanas que a lo largo de los tiempos han sido, pero sí que diferimos, y muy notablemente, en la complejidad, la sutileza y la extensión de los posibles daños que somos capaces de causar
a nuestros niños y niñas. Por lo general, cualquier daño —cuando es causado contra un niño o niña— suele parecemos especialmente gravoso y execrable. Hasta el punto que estallan en nuestro interior las más enérgicas reac ciones contra el sujeto o circunstancia causantes del mismo. Es precisa mente por causa de esta respuesta emocional adversa por lo que con suma frecuencia se eclipsa cualquier evaluación sobre este fenómeno (adultos que instrumentan sexualmente a niños), resultando que el co nocimiento y análisis sobre el mismo está mediatizado —incluso, ce gado— por las lógicas emociones negativas que estas conductas despiertan en nosotros. Y es precisamente por ello, que tendemos a con siderar como las más eficaces, las medidas más punitivas contra los
agre sores; como los más adecuados, los discursos más duros y ejemplarizantes; como más moral y políticamente correctos, los análisis más cargados de fobia contra estas conductas; y como más sobresalien tes y honestas, las personas y organizaciones en guerra sin cuartel con tra esta lacra y todas las circunstancias más o menos afines o cercanas. Sin embargo, —justo al contrario de lo que nuestras emociones suelen dictamos—, frente al fenómeno de la intromisión adulta en la se xualidad infantil es importante que las medidas que se tomen estén más centradas en decrementar —o, al menos, en no amplificar— los daños en las víctimas, que en hacer justicia con —o devolver el daño a— los agresores; que los discursos sean
más pedagógicos que policiales; que el análisis sea especialmente fino y elaborado, y se realice desde la com prensión científica del fenómeno, más que desde la descalificación moral del mismo; y que las personas y organizaciones que abordan este fenó meno extremen su celo en ser parte de la solución, sin convertirse en una parte del problema. 1. Algunos apuntes previos sobre la sexualidad humana Para entender siquiera mínimamente el fenómeno de la intromi 153 sión invasiva de los adultos en la sexualidad infantil hemos de proponer tres breves reflexiones previas. 1.1. Dimensiones de la sexualidad humana Pese a que solemos tener esquemas mentales muy simples sobre cómo es la sexualidad humana, lo cierto es que ésta es enormemente compleja
y diversa. En la sexualidad humana se mezclan aspectos y fe nómenos de naturaleza biológica, educativa, psicológica, legal, etc. Con curren aspectos públicos junto a aspectos íntimos. Concurren seguridades con libertades, derechos con deberes, anhelos con limita ciones, certezas con misterios. T odo ello da como resultado que nor malmente sabemos más de cómo la sexualidad humana debería de ser, que de cómo la sexualidad humana, de hecho, es. No obstante y sin ánimo de simplificar, podemos afirmar que la sexualidad humana tiene tres dimensiones teleológicas (tres "para qués" que le dan sentido). Estas son: la dimensión reproductiva, la dimensión relacional y la dimensión recreativa. La dimensión reproductiva hace referencia a todos aquellos as pectos relacionados con el hecho de
que nuestro modo de reproduc ción es el sexual. Por lo tanto, concepción, anticoncepción, genitalidad, coitalidad, parentalidad, etc. son algunos de los elementos nucleares de esta dimensión. La dimensión relacional se refiere a todos los aspectos que la se xualidad tiene de interacción interpersonal, de espacio privilegiado para la relación entre un "yo" y un "tú". Así pues: sentimientos, amor, ena moramiento, deseo, vinculación afectiva, compromiso, pareja; etc. son elementos implicados en esta dimensión. / ¡NTROMISIONES ABuSIVAS dE LOS AduLTOS EN LA SEXuALIdAd INFANTIL Finalmente, la dimensión recreativa hace referencia a todos los aspectos que la sexualidad tiene de placer, de gozo, de juego, de diver sión, de esparcimiento, de fantasía, etc. Estas tres dimensiones concurren al unísono y no
pueden desga jarse las unas de las otras sin desgajarse la sexualidad misma. Sin em bargo, a lo largo de la historia —la más lejana y la más inmediata también— hemos preferido o privilegiado unas dimensiones sobre otras; e incluso hemos "inventado" una o varias sexualidades unidimensiona les. Por ejemplo, durante siglos —sobre todo, en la tradición judeo cristiana— sexualidad y reproducción han sido la misma cosa. Ahora bien, ¿qué pasa cuando la sexualidad es sólo reproducción? Pues que la sexualidad se transforma en genitalidad ; que el cuerpo queda mutilado a sus partes y funciones conceptivas (cuyos referentes son el pene mas culino y la vagina femenina); que la única conducta erótica legítima es el coito con eyaculado intravaginal
y que al margen de esta conducta, la sexualidad deja de ser legítima o propia; y que el único marco rela cional legítimo para esta realización erótica ha de ser el matrimonio (si la sexualidad es para la producción de hijos se hace necesaria una insti tución que se responsabilice de la crianza de éstos). En sentido contrario, también hemos producido tiempos y cos tumbres que también han constreñido unidimensionalmente la comple jidad de la sexualidad humana a sus aspectos recreativos. De esta suerte, la sexualidad se ha reducido al placer. ¿Y qué pasa cuando la sexualidad es sólo placer? Pues que se produce otra reducción funcionalista: la re ducción del placer a una sola de sus manifestaciones: el orgasmo.
Así, la sexualidad queda convertida en orgasmicidad (que es una forma con creta de la genitalidad ). El cuerpo queda mutilado a sus partes y fun ciones orgásmicas (pene masculino y clítoris femenino). Y las únicas conductas legítimas son aquellas encaminadas a la consecución del or gasmo. Y los marcos relacionales para esta realización estarán más defi nidos por la complicidad que por el compromiso y serán más 155 apasionados que apacibles. Los abanderados de la sexualidad reproductiva han hecho frente a los abanderados de la sexualidad placentera —y viceversa— produciéndose innumerables, estériles y aburridas batallas que todavía hoy se repro ducen en determinados medios. Unos y otros comparten una visión ge nitalizante y un referente exclusivamente masculino de la
sexualidad. 1.2. Sexualidad masculina y sexualidad femenina Aunque corren tiempos de igualdad en los cuales lo políticamente correcto es afirmar que los hombres y las mujeres somos iguales, lo cierto es que no lo somos. Son muchas nuestras diferencias que ahora no viene al caso enumerar, pero si daremos dos breves apuntes. La sexualidad masculina es más ejecutiva y funcional (centrada en la acción, en la realización y en el logro), más genital, más centrada en la eyaculación (que sirve igualmente a la concepción y al orgasmo), más independiente de los afectos, más rápida y se alimenta del deseo de desear. La sexualidad femenina es más contextual y procesual (menos centrada en la acción misma y más centrada en el
proceso y en el con texto de la acción), más centrada en las emociones que en los logros, más corporal (los genitales no son el todo, sino una parte de ese todo), más emocional, más lenta y se alimenta del deseo de ser deseada. 1.3. Sexualidad infantil A menudo partimos de un supuesto erróneo: que los niños y niñas son seres angélicos, incorpóreos y asexuales. Sin embargo, los niños / ¡NTROMISIONES ABuSIVAS dE LOS AduLTOS EN LA SEXuALIdAd INFANTIL y niñas, desde su nacimiento, son seres sexuados, sexuales y eróticos. ¿Qué significa esto? El término sexuación se refiere a la estructura bio-psico-social del sexo: por lo tanto, a cómo los niños y niñas se van haciendo niños y niñas; por
lo tanto, cómo van sexuándose (como niños o como niñas). El término sexualidad se refiere a la construcción biográfica y a la sub jetiva vivencia personal del sexo (el cómo se vive este ser niño o este ser niña), así que los niños/as son sexuales y están sexualizándose en mas culino o en femenino. La érótica es la expresión de la sexualidad (el gesto, la conducta a través de la cual se expresa la propia sexualidad), así que los niños y niñas son eróticos y están erotizándose en las múlti ples formas del gesto sexual (la risa seductora, la caricia, la autoestimu lación genital, el descubrimiento del cuerpo y las sensaciones, la búsqueda del placer, etc.). Ahora bien, no puede
entenderse la sexualidad infantil desde pa rámetros adultos. La sexualidad infantil ha de ser entendida desde sí misma. Cuando la sexualidad infantil se explica desde el referente adulto se producen dos errores, cada cual más nocivo: a) el error de negar categóricamente la sexualidad infantil porque no es como la adulta (por lo tanto extinguir o ningunear cualquier ma nifestación sexual, no educar sexualmente, no aceptar sus singularida des sexuales, etc.); b) o, aceptando su sexualidad, el error de "reconstruirla" en cla ves adultas (proponer modelos adultos, integrar a los niños/as en juegos sexuales adultos, etc.). Hasta la llegada de la pubertad, la sexualidad infantil sólo tiene dos dimensiones: la relacional y la recreativa. Esto es, la relación con "los
otros" (sobre todo, determinados "otros" muy privilegiados) y la obtención de placer. Los genitales infantiles son también —aunque no exclusivamente— una fuente de placer. Ahora bien, normalmente de 157 auto-placer y no de hetero-placer. Los niños y niñas son —o pueden serlo— tanto sujetos de ac ciones sexuales, como objeto de las mismas. Los niños y niñas pueden, y suelen, interactuar sexualmente con otros niños o incluso con adultos a través de la palabra y a través del gesto, incluso en ocasiones "genita lizan" estas interacciones lo cual no puede dar pie al uso —o abuso— adulto de su sexualidad infantil. Más aún, los niños y niñas pueden gozar de determinadas interacciones sexuales con otros niños o adultos. Pero que,
de hecho, gocen sexualmente con un adulto no previene (más bien al revés) que resulten dañados de esta interacción. Hay una regla muy sensata en nuestra cultura que regula de forma general las interacciones sexuales: la de la simetría. Según esta regla las relaciones sexuales deben de ser simétricas. Como todas las re glas no es perfecta, ni es infalible, ni sirve siempre y en todos los casos. Pero como criterio general es, a nuestro juicio, bastante funcional y orientadora. 1.4. Primeras consecuencias de estas reflexiones Como se ha podido adivinar al explicarse las dimensiones de la sexualidad humana, no
