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Capítulo 24: ¡Claro Que Estamos Para Cuentos!: El Castillo De Babel.

Texto breve para la divulgación de los sexos · Adaptación editorial para blog
Imagen ilustrativa del capítulo 24

143 24. ¡CLARO QUE ESTAMOS PARA CUENTOS!:El Castillo de Babel T uve un maestro que —como los docentes clásicos— transmitía sus conocimientos a través de parábolas, imágenes, metáforas, cuentos, mitos y leyendas. Discutíamos un día sobre los hombres y las mujeres, sobre el desuso del concepto sexo y la creciente expansión del concepto culturalista cuando, en un momento del diálogo, sonrió con picardía y me dijo: — "Me temo que no conoces el cuento del Castillo de Babel". — "Pues, no" —contesté yo con no menos maliciosa sorna— "pero adivino en el fulgor de su mirada que estoy a punto de hacerlo". Mi viejo maestro, tras soltarme un pescozón sonriente, respiró dos bocanadas de paciencia y me relató, más o

menos, lo que ahora os cuento. ERASE UNA VEZ, hace mucho tiempo, en un país muy, muy le jano, que había un enorme castillo situado sobre una hermosa mon taña. En el Castillo de Babel —que ese era su nombre— vivía un rey sabio que gobernaba con justicia y sabiduría sobre una muchedumbre de vasallos-científicos que con él habitaban en aquel remoto lugar. El cas tillo tenía en su cúspide una magnífica sala regia donde se celebraban las reuniones científicas; y en sus sótanos, una multitud de laboratorios donde trabajaban, divididos por clanes, todos y cada uno de los vasa llos-científicos que allí habitaban. Que por cierto, eran muchos y muy la boriosos. Como fuera que los vasallos-científicos del Castillo

de Babel ha blaban diferentes idiomas, no podían entenderse entre sí. Por culpa de esto a menudo desconfiaban y recelaban entre sí, cada clan de los otros. Además, muchos pensaban que las materias de los otros —de las que te nían escasa información y ninguna formación— eran de menor impor tancia. Esto sin contar con los consabidos celos entre clanes y la competencia por las atenciones del rey. Vamos, que —sin llegar al des precio— las relaciones no eran todo lo cercanas y confiadas que podría imaginarse. El rey-sabio, sin embargo, conocía todos los idiomas de todos los clanes del castillo. Y hablando con unos y con otros se enriquecía de los conocimientos de cada uno de ellos. De esta

forma el rey era, día a día, más sabio y más admirado por sus súbditos. Y , en tanto que era deseo del rey que cada clan se enriqueciese de los conocimientos de los otros clanes, una vez a la semana mandaba reunir a los representantes de cada uno de los clanes en el gran salón regio. Allí, les mostraba, a cada cual en su propio idioma, los avances científicos que los otros habían des arrollado. De este modo, todos aprendían, por boca del rey, de los des arrollos elaborados por los otros clanes. Un buen día (en realidad era ya de noche), estando el rey en tretenido con la reina en sus privados aposentos, se preguntó: "¿dónde está, qué

es y para qué sirve el sexo?". Y no sabiendo encontrar —ni el uno, ni la otra— buena respuesta decidieron dar prioridad a la investi gación de estas cuestiones. Así que, en cuanto levantó el día, el rey sabio transmitió esta cuestión a cada uno de los clanes de vasallos de su casti llo para que hallasen cabal solución. A la vuelta de muchos y muy laboriosos meses de investigación llegaron a la cámara real los vasallos del clan genetista y alborozados le dijeron: "Señor, tenemos tu respuesta. El sexo está inscrito en los cro mosomas y sirve para perpetuar los genes". El rey, regalándoles su enorme sonrisa que ocupaba la mayor parte de su inmenso cuerpo, se sentó presto

y comenzó a escuchar las buenas nuevas que los genetistas 145 le traían. Apenas se habían puesto a discutir sobre cromosomas y genes, cuando invadieron la sala los vasallos del clan endocrino gritando con júbilo: "Señor, tenemos tu respuesta. El sexo está inscrito en las hormo nas y sirve para diferenciar". El rey, emocionado, pidió orden para de batir con sosiego estas observaciones. Las de los unos y las de los otros. Así pues, mandó a los endocrinos que se sentaran en la mesa y retomó como pudo la conversación con los unos y con los otros. Con los unos, en idioma genético y, con los otros, en idioma endocrino. Era muy com plicado el asunto del multilingüismo y la

trans-idiomaticidad , pero el rey ya estaba acostumbrado a ello y lo llevaba con paciente resignación. Recién iniciado el debate, planteadas ya las grandes líneas maes tras, la gran puerta del salón regio volvió a abrirse. Eran los vasallos ga mético-gonadales que pertrechados de sonoros megáfonos cantaban en su críptico idioma: "Oe, oe oe, oe. Y a está. Y a está". Y avanzando con saltos de alegría, el portavoz gamético-gonadal se acercó al rey y ele vando su chillona vocecilla por encima de aquel griterío, vociferó: "Señor, tenemos tu respuesta. El sexo está inscrito en los gametos y en las gónadas. Y sirve para reproducirse". El rey, al que no le gustaban nada ni el caos ni el griterío, trató

de poner orden entre tanto desconcierto. Se puso de pié, alzó los bra zos y con gran esfuerzo de voz, pidió silencio para reiniciar el debate. Ordenó con firmeza a los gamético-gonadales para que tomasen asiento en el suelo —en la mesa ya no cabía nadie más— y, tras muchos y eter nos minutos de tensión y zozobra, consiguió que se reiniciara el debate con algún orden. Habló y escuchó, pues. Ora en genetista, ora en en docrino, ora en gamético. Y vuelta a empezar. Y bien que lo logró. El asunto empezó a tomar cuerpo. Casi había logrado entrar en calor teórico, en inquieta curiosidad y en crítica in terpelación, cuando… ¡un gran estrépito silenció sus palabras!. Los goz

nes se habían vencido y las dos grandes puertas policromadas crujieron bajo las estruendosas pisadas de los vasallos del clan genital que recita / ¡CLARO quE ESTAMOS PARA CuENTOS!: E L CASTILLO dE BABEL ban a coro: "Campeones, campeones, oe, oe, oe". "¡Basta! — gritó el rey aturdido— ¡no quiero más gritos en esta sala regia!". "Pero Señor —dijo el más viejo del clan genital, alzándose sobre las maltrechas puertas, primero; y trepando sobre la mesa regia, después— tenemos tu respuesta: quiero oficialmente comunicarte que el sexo está, y son, los genitales. Y sirve para los goces". El rey, aturdido, trataba al tiempo de poner orden en su cabeza y en su salón. Jamás se había producido tanto desorden en

la gran sala regia, ni tanta confusión en su cabeza. A decir verdad, no se lo podía creer. Fue entonces que sintió que alguien tiraba de su capa. Se volvió raudo y enfadado y oyó claramente el sonido seco e hiriente de su capa rasgándose. T ras de sí, una decena de diminutos neurólogos que, sin dejar de hacer jirones de su capa, gritaban exultantes: "Señor, tenemos tu respuesta. El sexo está inscrito en el cerebro y sirve para amarse, bus carse y encontrarse". Confuso y enfurecido, el rey tiró enérgicamente de lo que que daba de su capa, consiguiendo sólo rasgarla definitivamente hasta que darse, apenas, con una especie de corbata ridícula colgando sobre su apesadumbrada espalda. Levantó la

vista, colérico y fuera de sí, cuando... ¡Sí!, justo entonces… fue precisamente en aquel nublado mo mento, que vio al fondo de la sala regia un tumulto ensordecedor del cual sobresalía una pancarta firmada por los vasallos del clan anátomosomático que decía: "El sexo está en la morfología somática y en los ca racteres sexuales secundarios y sirve para la diversidad". "¡¡¡Basta!!!, "¡¡¡¡Basta!!!, ¡¡¡. ¡¡¡Se acabó!!! —gritó el rey, ya, total mente fuera de sus casillas— ¡No quiero que nadie mencione más la pa labra sexo!. ¡A partir de ahora, queda prohibido hablar de sexo!, ¡queda oficialmente abolido!, ¡¡¡Me duele la cabeza!!!". ¡¡¡Basta ya!!!". 147 Y , claro, tuvo que repetir las mismas palabras en cada uno de los idiomas

de cada uno de los clanes allí reunidos, para que todos enten diesen y callasen. "Prohibido hablar de sexo" gritó en idioma genetista, y en idioma endocrino, y en idioma gamético-gonadal, y en genital, y en neurológico, y en anatomo-somático. Y tanto tuvo que gritar que su dolor de cabeza fue en aumento. Y , creció tanto el dolor, que llegó a ser más grande que su enorme cabeza. Llegó a ser un dolor más grande que la sala entera. ¡Qué digo! El dolor acabó siendo más grande que el cas tillo entero. Eso, objetivamente, porque subjetivamente al rey le pare cía tan inmenso, creciente y oscuro como el universo mismo. Y , sobrepasado por la pesada carga de aquel

dolor, empezó a derrumbarse mientras se cocía en su propio sudor frío. Y el silencio en la sala Regia fue haciéndose al mismo tiempo en que el rey caía quedamente hasta lo más profundo del suelo. Fue, precisamente entonces, cuando el silencio lo había invadido todo, que aparecieron los vasallos juristas. Durante un segundo queda ron parados en el umbral de la gran puerta desvencijada mirándose entre sí. Su portavoz se hizo sitio y malinterpretando el silencio como muestra de respeto, consideró que todos allí esperaban sus doctas pala bras. Así que se aclaró la voz y declamó impostando el timbre: "Señor, he aquí tu respuesta: El sexo está inscrito en el registro civil y sirve para clasificar". "¡Se acabó!",

"¡Basta! —barruntó el rey desde el suelo en idioma jurista— he dicho que no quiero oír hablar más de sexo". Y lo repitió de inmediato en el idioma de los psicólogos, en el de los pedagogos, en el de los antropólogos y en el de los sociólogos que justo en aquel mismo momento entraban por la puerta empujándose los unos a los otros. "¡Basta, he dicho! ¡Oh!, mi cabeza… ¡No quiero oír más esa palabra ". Fue entonces cuando el líder de los pedagogos dijo: "Señor, con su venia. Nosotros podemos contestar su pregunta sin tener que men cionar la palabra prohibida". El rey palideció, más no dijo nada. No es que no quisiera, es que no le quedaban ya

ni fuerzas para negarse. Y si / ¡CLARO quE ESTAMOS PARA CuENTOS!: E L CASTILLO dE BABEL guió el pedagogo: "Las cosas de los hombres y las mujeres están en el plano cultural. Y Lo cultural se aprende con la educación. Y sirve para la discrimi nación". El rey apretó la frente, pues un doloroso pinchazo hacía un arco voltaico entre sus plateadas sienes. Justo entonces, el más valiente y rápido de los psicólogos aprovechó el filón de silencio y dijo: "Señor, lo cultural es el autoetiquetaje adquirido; que es una construcción cultu ral para la identificación individual". Y el antropólogo más viejo, urgido por las miradas y los empujones de sus compañeros, replicó solemne: "Lo cultural es un guión

cultural y sirve para prescribir reglas biográficas". Y el representante de los sociólogos, azuzado por las miradas y los em pujones de los de su clan, clamó como si en ello le fuera la vida: "Lo cultural, Señor, son los papeles sociales y sirve para la organización social". El rey exhausto, apenas pudo estirar un brazo tembloroso para pulsar un botón rojo antes de desvanecerse en las oscuras aguas de la in consciencia. Y , al momento, apareció la guardia real con sus cascos ne gros y sus escudos electrificados. Se desalojó la sala regia en un mismísimo santiamén.