117 21. ¡YA VALE CON LA BANDERA ANTICONCEPTIVA! Los anticonceptivos son, en principio, recursos, utensilios, técni cas, trucos, métodos,... Y en tanto que tales, no habría mucho que decir sobre ellos fuera de lo estrictamente técnico. Algo así como: son estos, ahí están, tienen estos usos y posibilidades, estas consecuencias, precios, etc. Pero detrás –no tan detrásde los anticonceptivos hay una ideolo gía, una forma de entender "lo sexual". Curiosamente aunque se nos ha vendido la anticoncepción como el paradigma de la modernidad, por detrás de ella nos encontramos con el viejo e inservible paradigma de Genus ; o sea, generación, genitales y diferencia sexual. Hablar de anticoncepción, iniciado ya el s. XXI, es hablar de una de las grandes imposturas
del s. XX. En ese siglo recién acabado, la an ticoncepción ha adquirido un simbolismo emancipador y ha sido ban dera de liberación hondeada por todas las fuerzas progresistas. Por el contrario, las fuerzas conservadoras y reaccionarias, con las grandes igle sias monoteístas al frente, han hecho de ellos "utensilios del diablo" y propiciadores de un nuevo y temible "desorden erótico". De lo se gundo, no quiero ocuparme porque ya ha sido suficientemente revisado y tiene ya difícil -y forzadosostén argumental. Pero somos aún escla vos intelectuales de una visión ingenuamente emancipadora de la anti concepción. De hecho, aún resuenan en nuestros oídos, como si fuesen ver dades universales, los siguientes lemas: "la anticoncepción es un invento del siglo XX
que ha favorecido la revolución sexual y la revolución fe minista", "la anticoncepción ha liberado a la mujer de las cargas mater nales, propiciando su liberación", "gracias a los anticonceptivos la mujer ha logrado separar el placer de la reproducción", "los anticonceptivos han permitido que la mujer sea dueña de su propio cuerpo", "la anti concepción ha permitido que mujeres y hombres disfruten más plena mente de su sexualidad". Dedicaremos este breve artículo a desvelar algo sobre esta impostura intelectual. La anticoncepción no es un descubrimiento del siglo XX. El único anticonceptivo instrumental descubierto en el s XX es el anovulatorio (al margen de que se presente como píldora, pila, anillo, parche o inyectable). En cualquier caso se trata de
una emulación hor monal del más eficaz de los "anticonceptivos naturales": el embarazo. La mujer (como cualquier otra hembra mamífera), naturalmente y sin inducción externa alguna, deja de ovular durante el embarazo. Los anovulatorios no hacen sino "engañar" al cerebro, simulando un su puesto embarazo. De este modo, los ovarios paralizan la función ovu latoria. El resto de los recursos anticonceptivos instrumentales son des cubrimientos muy anteriores al siglo XX. Por ejemplo: el DIU ya era co nocido en el Antiguo Egipcio, aunque su uso se restringiese a las castas gobernantes; las esponjas con ungüentos espermicidas eran conocidas por las fornicaria (prostitutas callejeras) de la Roma Clásica; el dia fragma, los preservativos y la esterilización quirúrgica fueron usados en el
medioevo (los castrati vaticanos son un vestigio medieval de esta es terilización quirúrgica por extirpación gonadal, que también practica ron los marahás persas y otomanos para sus eunucos); incluso las prácticas abortivas –tanto por acción mecánica, como químicaeran co nocidas en la Grecia Clásica. Así pues, el s XX no ha hecho sino mejorar los materiales, la comercialización y el uso de todas estas técnicas. Por el contrario, sí hemos incrementado nuestro conocimiento de la sexualidad y de la reproducción humanas. De hecho, los mal lla mados "anticonceptivos naturales", no son sino el resultante de este in cremento del conocimiento de nuestra fisiología, puesto al servicio de la maternidad y la paternidad responsables. Los anticonceptivos no han separado placer de
reproducción. Aunque esta conexión es relativamente cierta en la anatomía masculina (evolutivamente más arcaica); la anatomía femenina, desde hace algunos millones de años, distingue perfectamente la reproducción del placer hasta el punto de que, en los genitales, todo "lo reproductor" (últimos dos tercios vaginales, útero y trompas) no es sensible. Y todo "lo sensible" (clítoris, vulva y primer tercio vaginal) no es reproductor. Además, la hembra humana, al contrario de las otras hembras mamíferas tiene el clítoris en posición extravaginal; o sea, aconceptiva. Así mismo, y desde entonces, los mecanismos fisiológicos del deseo fe menino no están sometidos al dictado hormonal con propósito repro ductivo (estro) pues, como ya se ha indicado, el deseo erótico femenino humano es un deseo
fundamentalmente neuronal. Los anticonceptivos no han logrado que la mujer sea dueña de su propio cuerpo. La mujer ha sido dueña de su cuerpo y de su sexualidad desde la noche de los tiempos. Ahora bien, su cuerpo ha sufrido, y sigue haciéndolo, muchas formas de colonización ajenas a él. A este proceso de descolonización corporal puede ayudar mucho el conocimiento, la aceptación y la estima (especialmente el autoconocimiento, la autoa ceptación y la autoestima). Pero, para qué vamos a engañarnos, la an ticoncepción no ha incrementado todo esto. Muy al contrario, ha contribuido a otras formas de colonización cuales puedan ser la medi calización de la función reproductora y la responsabilidad parental. / ¡ YA VALE CON LA BANdERA
ANTICONCEPTIVA! Los anticonceptivos no han librado a la mujer de la carga maternal. La maternidad no es, ni ha sido nunca, una carga; sino, al con trario, un hecho, una posibilidad y un valor. Por supuesto, como todo, con sus costos y beneficios. Los anticonceptivos y su ideologización sí han contribuido a problematizar y estigmatizar la concepción. Incluso se mánticamente. Todavía debemos de preguntarnos, ¿por qué "anti"?, ¿cuál es el enemigo?. Resulta curioso, llamativo y descriptivo que allí donde la apuesta es positiva (maternidad y paternidad responsable, hijos deseados, etc), la nominación siga siendo negativa. Los anticonceptivos no han permitido que hombres y mujeres disfruten más de su sexualidad. De todas cuantas conductas eróticas los humanos pueden realizar, sólo una
es reproductiva: el coito vaginal. La anticoncepción –y su carga ideológicahan servido para que tengamos más conducta reproductiva que nunca. De hecho, paradójicamente, han servido para que la erótica humana sea más coital (luego más como la Iglesia siempre ha propuesto) que nunca. De hecho, los anticonceptivos —no es culpa de ellos, sino de cómo los usamos y cómo tenemos amuebladas nuestras cabezas— nos están sirviendo sólo para que tengamos conducta reproductiva sin con secuencias reproductivas. Para que tengamos eyaculados intravaginales pero sin hijos. Eso sí, para que digamos, gritando como posesos, que la sexualidad no es sólo reproducción. Pero, de hecho, nos comportemos como si fuese así. Este capítulo, "¡Ya Nos Vale Con La Bandera Anticonceptiva!", puede leerse como
una invitación a pensar los sexos sin recetas rápidas. Aparecen con fuerza términos como anticonceptivos, hecho, mujer, anticoncepción, no como etiquetas cerradas, sino como herramientas de comprensión. La escritura insiste en mirar la experiencia concreta, el contexto y la singularidad de cada biografía sexuada. Desde una clave divulgativa, el texto desplaza la pregunta por lo "normal" hacia la pregunta por lo "vivible" y lo "digno". Por eso, al hablar de anticonceptivos y hecho, no se limita a describir conductas: propone un modo de leer la convivencia entre deseos, límites y pactos. En términos profesionales, la utilidad del capítulo está en su capacidad para traducir conceptos complejos a lenguaje operativo. Quien acompaña procesos clínicos, educativos o comunitarios encontrará aquí un vocabulario
preciso para intervenir sin moralizar. El eje de fondo es consistente: la sexualidad no se reduce a rendimiento, ni a técnica, ni a guion único. Se articula en tramas de sentido donde cuerpo, palabra y vínculo se transforman con el tiempo, con la historia personal y con las condiciones sociales. Leído hoy, el capítulo conserva vigencia porque evita simplificaciones. No promete soluciones mágicas: ofrece criterios. Y esos criterios permiten pensar mejor, conversar mejor y acompañar mejor. Este capítulo, "¡Ya Nos Vale Con La Bandera Anticonceptiva!", puede leerse como una invitación a pensar los sexos sin recetas rápidas. Aparecen con fuerza términos como anticonceptivos, hecho, mujer, anticoncepción, no como etiquetas cerradas, sino como herramientas de comprensión. La escritura insiste en mirar
la experiencia concreta, el contexto y la singularidad de cada biografía sexuada. Desde una clave divulgativa, el texto desplaza la pregunta por lo "normal" hacia la pregunta por lo "vivible" y lo "digno". Por eso, al hablar de anticonceptivos y hecho, no se limita a describir conductas: propone un modo de leer la convivencia entre deseos, límites y pactos. En términos profesionales, la utilidad del capítulo está en su capacidad para traducir conceptos complejos a lenguaje operativo. Quien acompaña procesos clínicos, educativos o comunitarios encontrará aquí un vocabulario preciso para intervenir sin moralizar. El eje de fondo es consistente: la sexualidad no se reduce a rendimiento, ni a técnica, ni a guion único. Se articula en tramas de sentido donde
cuerpo, palabra y vínculo se transforman con el tiempo, con la historia personal y con las condiciones sociales. Leído hoy, el capítulo conserva vigencia porque evita simplificaciones. No promete soluciones mágicas: ofrece criterios. Y esos criterios permiten pensar mejor, conversar mejor y acompañar mejor. Este capítulo, "¡Ya Nos Vale Con La Bandera Anticonceptiva!", puede leerse como una invitación a pensar los sexos sin recetas rápidas. Aparecen con fuerza términos como anticonceptivos, hecho, mujer, anticoncepción, no como etiquetas cerradas, sino como herramientas de comprensión. La escritura insiste en mirar la experiencia concreta, el contexto y la singularidad de cada biografía sexuada.
