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Capítulo 20: De Deseada A Deseante Y De Deseante A Deseado

Texto breve para la divulgación de los sexos · Adaptación editorial para blog
Imagen ilustrativa del capítulo 20

111 20. DE DESEADA A DESEANTE Y DE DESEANTE A DESEADO Por supuesto que no todas, ni del mismo modo, pero las muje res ya no son sólo seducidas y deseadas. Por supuesto que no todos, ni del mismo modo, pero los hombres ya no son sólo seductores y dese antes. Como estereotipo ya no nos sirve la idea de hombres deseantes y mujeres deseadas. Como otras muchas cosas, los papeles del deseo están dejando de ser "unisex". Aunque, luego, después de analizado con rigor y honestidad, el cambio tampoco resulta ser tanto como nos en canta proclamar. Las creadoras e impulsoras de este cambio, como la mayoría de los cambios en los últimos tiempos, son fundamentalmente las mujeres. Son

muchas las causas que pueden explicarlo: el movimiento feminista como motor de cambio social y productor de ideas críticas y creadoras, la conciencia del propio placer, el reconocimiento de la propia sexuali dad femenina sin dependencias de la sexualidad masculina, el acceso a la formación y al trabajo, la consecución de una sexualidad no necesa riamente reproductiva, la creencia en las propias y peculiares caracterís ticas, etc. En cualquier caso, cualesquiera que hayan sido las causas, los roles del deseo y el juego del galanteo están cambiando. Si antes los fetiches que conjuraban el deseo eran necesariamente femeninos (miradas, gestos, medias de seda, tacones altos, perfumes, carmines,...) ahora pueden del mismo modo serlo masculinos. Algunos ya (depilación y rasurado, tanga,

abdomen plano,...) son abiertamente "unisex". De hecho, los cánones de belleza buscan lo intermedio, lo an drógino, lo intersexual. Las mujeres, ejecutivas y musculadas con mucha preparación y pocas curvas. Los hombres, suaves y esbeltos con mucho afeite y poco vello. La versatilidad de los roles del deseo, esta ́ produciendo una Re volución en la gramática de la seducción. Y muchos hombres, -también mujeres, pero especialmente varonesentramos en una dinámica de con fusión y vértigo. En cierto modo estamos asustados y, lo que es peor, nos asusta estar asustados. Decía un antiguo profesor mío que quizás debe ríamos llevar un cartel colgado al cuello con el siguiente lema: "Estamos en obras. Perdonen las molestias". La mujer esta ́ dejando

de ser exclusivamente el objeto del deseo masculino para pasar a ser sujeto y protagonista de su propio deseo. El hombre esta ́ dejando de ser exclusivamente el sujeto deseante para pasar a ser, también, el objeto de deseo que busca ser deseable y pretende ser deseado. T odos somos ya susceptibles de ser –y de jugar a sertanto su jetos como objetos del deseo. El deseo empieza a ser sexualmente bidi reccional y ya no es una flecha unidireccional que empieza en azul y acaba en rosa. Ahora bien –tampoco vayamos a engañarnosmuchos hombres convertidos en objeto de deseo no saben muy bien que ́ hacer con su propio deseo de desear y de ser deseantes. T ampoco manejan

–ni medio bienlas claves del arte de ser deseable para lograr ser deseado. No saben si aguantar o huir. Incluso, en ocasiones, se descubren no-desean tes precisamente por ser deseados o por querer serlo. Por el contrario, muchas mujeres convertidas en sujetos deseantes no saben muy bien que ́ hacer con su deseo de ser deseadas y tampoco manejan –ni medio bienlas claves del arte de ser deseante. No saben si aguantar o huir. In cluso, en ocasiones, se descubren no-deseables precisamente por ser de seantes o querer serlo. En fin, que no todo son luces y riquezas en estos cambios que apuntaban hacia más "libertades eróticas" pero se están quedando en "nuevas regulaciones amatorias". Vamos, que también hay sombras

y miserias. Y como suele ocurrir con las sombras, éstas nos persiguen; más aún, cuanta más luz. Y nos persiguen al ritmo de nuestro propio cami nar, pegadas a los talones. Con lo cual, tampoco sirve correr ni pedir so 113 corro. En mi consulta veo con frecuencia hombres que se quejan since ramente de la poca iniciativa erótica de sus mujeres. Sin embargo, estos mismos hombres se encogen, se asustan, quedan sobrecogidos y confu sos cuando sus mujeres les sustraen el papel de deseantes y toman la ini ciativa convirtiéndoles en objetos deseables y deseados. Del mismo modo, veo mujeres que se quejan del monopolio del deseo que sus hombres ostentan. Sin embargo, estas mismas mujeres se asustan, que

dan sobrecogidas y confusas cuando sus hombres abandonan este papel; y, por ello, dejan de sentirse deseadas. Suele ser, además, que la nueva exigencia femenina se solapa con la ancestral autoexigencia masculina. Y emerge en ellos, pujante y pun zante, el temor al fracaso y la ansiedad de rendimiento. Que son, el uno y el otro, estupendos ingredientes para el fracaso. Y es que, conviene no olvidarlo, "los hombres, suelen ser duros; pero, por ello, frágiles". Esta revisión de los papeles del deseo esta ́ complicando sobre manera el difícil arte de seducir y ser seducido. Y dificulta aún más la siempre complicada comunicación hombre-mujer. ¿Quiere esto decir que se deben de retornar a los predecibles papeles del régimen erótico

anterior? En absoluto. Pero quizás debamos aceptar las contradicciones que estos cambios generan en nosotros y en las parejas que construi mos. Y las que están por construir en un nuevo tiempo que ya no ofrece pistas. Y desde ahí, como mínimo reflexionar y ayudarnos en los nue vos extravíos, en las nuevas vulnerabilidades y en la nueva perplejidad. De hecho, los jóvenes –en principio los principales favorecidos de los tales cambiosse quejan. Ellas se quejan de que ellos se asustan, se arrugan o malinterpretan sus movimientos o sus omisiones. Ellos se que jan de que no es verdad que ahora ellas asumen riesgos en la iniciativa del deseo. Que sólo es pose político y que no se traduce en

hechos ín timos. Más aún, que cuando resulta ser cierto –que a veces, circunstan / dE dESEAdA A dESEANTE Y dE dESEANTE A dESEAdO cialmente, lo essuele ser temeridad o confrontación y produce con flicto o temor. Así que ellas temen parecer lobas y ellos temen parecer babosos . Ellas temen parecer estrechas y ellos temen parecer cortados . En teoría tanto ellos como ellas pueden ser deseantes; pero, tam bién, ambos pueden elegir el rol de deseables. Esta opción ahorra los te mibles y dolorosos riesgos del rechazo, el desamor, la humillación, el desdeño. Porque desear a quien no te desea o a quien no desea tu de sear o a quien no desea tu modo o manera de

desearle es, sobre todo, arriesgado. Siempre lo fue pero ahora puede tener consecuencias muy graves; incluso, penales. Más aún, si se hace evidente y se evidencia; luego si puede probarse y comprobarse. Y , más aún, en los tiempos que corren, que todo se resuelve con una denuncia en la prensa o en el Juz gado. Aunque siempre queda el recurso de lo sutil. So pena de que puede resultar tan transparente e inmaterial que –como rezaba aquel spot de compresas-: "ni se note, ni traspase, ni se mueva". Finalmente, queda la otra jugada —desde luego, la más segura; aunque, la más improbable—, la de tratar de ser deseable y confiar en ser encontrado por el/la deseante adecuada y que

sea él/ ella quien abra la jugada del deseo y sus retruques. Con este asunto hay hoy muchas pis tas de baile repletas de danzantes muy deseables pero muy poco deseados porque tales pistas están vacías de danzantes que se ofrezcan como decidida e inequívocamente deseantes. Así que pase lo que pasa: que cuando todos esperan a que les pidan baile, si nadie lo pide, se baila más bien poco. En realidad, son los deseantes quienes, con la generosi dad de su deseo promiscuo, mueven la maquinaria del deseo en las pla zas habilitadas para el cortejo. Sin tales solicitantes solicitando, no hay solicitudes. Pues, en el juego del bailoteo si todos piden baile, seguro que se baila; pero si

nadie pide baile ocurre lo que ocurre: o no baila nadie o todos bailan solos. En cualquier caso, bailando o sin bailar, todos es perando a que les pidan pero nadie pidiendo hacerlo. 115 Además, hay otro asunto. Nadie quiere ser elegido por quien no ha elegido que le elija. De hecho, elegir es una trampa que hace el ele gido al elector para que el elector sienta que está eligiendo al elegido y para que el elegido se sienta elegido por el elector. Pero cuando el elec tor no ha sido elegido por el elegido, se arriesga a ser rechazado y di famado, convirtiéndose en materia desechada y descalificada. Esto especialmente ocurre en este tiempo extraño en el que

habitamos que ha decidido, por indiscreto decreto, que si deseo a quien no desea mi deseo —peor aún, a quien considera indeseable mi deseo— paso a ser un baboso o un agresor ; o sea, un marginado o un delincuente. En este marco de amenazas extra-eróticas el deseo se diluye en las fuerzas atávicas del temor, el terror y el pánico. O viaja, insulso, escon dido o exilado en las sentinas de lo políticamente correcto . Ahora bien, a ver si nos aclaramos con esto, al deseo nunca le ha interesado la polis ni su corrección; al contrario, busca la psique y su transgresión . Preten demos que el deseo desee lo que a la polis le conviene que el

deseo desee pero cuando el deseo obedece a la polis (y deja de obedecer a la psique ) deja de ser deseo y se convierte en sentido del deber. Igual, entre todos, en estos tiempos que corren de denuncia, de sospecha, de queja, de ofendidos que ofenden y víctimas que actúan como victimarios, estamos llenando de infamia y difamación al rol del deseante. Sobre todo, cuando es masculino y resulta explícito. Porque va a parecer que es verdad lo que siempre nos han dicho los de las sotanas negras: que el deseo es pernicioso, infame, agresivo o nocivo. Y va a acabar pareciendo que el deseo no es la fuerza motriz y la razón expli cativa que subyace a casi

todo lo humano. Otro asunto. El deseo casi nunca pre-existe; al contrario, emerge como una propiedad que emana de la compleja y muchas veces in comprensible interacción entre los actores del deseo: el sujeto deseante y el objeto deseado. Este juego al que podemos llamar: seducción, ga lanteo, cortejo, ligue,..., es un juego que, precisamente, propicia la emer gencia del deseo. / dE dESEAdA A dESEANTE Y dE dESEANTE A dESEAdO El sujeto deseante incrementa su deseo sintiendo que su deseo de desear es deseado por aquel a quien está deseando. El objeto deseado (que es sujeto de su hacerse desear pero es objeto del deseo de otro) enciende la maquinaria de su deseo sintiéndose deseado por aquel cuyo deseo

desea. Se trata de un juego de artificios dramáticos en los que los actores representan unos papeles en el marco de unas tramas que se urden con sutiles complicidades y complejas complementarieda des. Si me da, le agradezco; si me hace gracias, le sonrío; si me invita, le acepto; si se acerca, le miro; si me habla, le escucho. Y , al contrario, si me agradece, le doy; si me sonríe, le hago gracias; si me acepta, le in vito; si me mira, me acerco; si me escucha, le hablo. T anto el seductor como el seducido tienen que desplegar