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Capítulo 19: La Revolución Evolutiva Femenina

Texto breve para la divulgación de los sexos · Adaptación editorial para blog
Imagen ilustrativa del capítulo 19

105 19. LA REVOLUCIÓN EVOLUTIVA FEMENINA Como ya se ha dicho en el capítulo anterior, el último tercio del siglo XX ha sido considerado como la Era del comienzo de la Revolución Sexual o también como la Era de la Revolución Femenina (más bien, fe minista). Desde luego, han sido muchos los cambios que se han produ cido. Sobre todo respecto a cuestiones legislativas, económicas y laborales, así como de usos y costumbres cotidianas. Con motivo de todo ello se han modificando radicalmente las relaciones, sobre todo públicas, entre los sexos. Los cambios en la intimidad no han sido tan tos ni tan notorios. Sin embargo, muchísimo antes que esta revolución, ocurrió una verdadera y radical Revolución Femenina. Se trata

de una Revolución fi logenética y por lo tanto no pertenece a nuestra historia convencional sino a la historia de nuestra evolución como especie. Para hablar de ella tenemos que retrotraernos algunos millones de años, cuando ocurrieron en el cuerpo de la mujer tres grandes mo dificaciones que cambiaron el curso de la humanidad. Me refiero a: el embarazo y el parto en bipedestación, la desaparición del celo feme nino y la translocación del clítoris a la actual posición extravaginal. Pero vayamos por partes. En la noche de los tiempos, la especie humana se puso de pié y comenzó a caminar sobre sus cuartos traseros liberando las manos para realizar múltiples funciones. Esto incremento ́ aún más su creciente pro

ceso de corticalización. Hasta aquí estamos hablando de una Revolu ción humana que afectó igualmente a hombres y a mujeres. Por lo tanto no es una revolución evolutiva estrictamente femenina. Pero la concreta bipedestación femenina trajo importantes influencias para la especie. Pues después de un embarazo en permanente lucha contra la ley de la gravedad, las mujeres siguieron pariendo crías que venían al mundo con mayor volumen craneal pero tenían que salir a través de una estructura ósea angosta: la pelvis modificada para andar sobre dos patas. Como esto impide grandes crecimientos intrauterinos, las crías humanas nacen especialmente inmaduras, débiles y desprotegidas. Desde luego, muchí simo más inhábiles y vulnerables que ninguna otra especie conocida. En estas condiciones los neonatos

sólo tienen posibilidades de su pervivencia si los adultos les protegen y les proveen de todas y cada una de sus necesidades: desde el alimento al calor, desde la estimula ción interpersonal hasta el vínculo. Durante los primeros años las crías humanas requieren una inversión enorme de tiempo y energía; y para este fin es necesaria una importante colaboración de los progenitores que han de garantizar no sólo la crianza de los pequeños sino su propia supervivencia a lo largo de este especial y relativamente largo periodo. Pero esta aparente debilidad de las crías humanas, se convirtió en el más potente de nuestros recursos como especie. Estas crías débiles e inacabadas llegan al mundo con un cerebro exageradamente inma duro.

Así que terminan su proceso de maduración cerebral fuera del útero materno y en pleno contacto con el ambiente, la cultura y la so ciedad. Así que, este cerebro se termina en un diálogo complejo con los estímulos ambientales externos lo cual, gracias a su plasticidad y nota ble permeabilidad, incrementa muy notablemente sus competencias fi nales. T oda esta cuestión, cambió radicalmente algunas cuestiones de la naturaleza humana como pueden ser: el parto asistido, la cooperación en la crianza, los vínculos de pareja, la monogamia secuencial, la dis tribución de los roles sexuales, etc. Pero nos quedan aún otras dos transformaciones que, éstas sí, 107 ocurrieron estricta y exclusivamente en el cuerpo femenino, reconfigu rándolo por completo y modificando

radical y definitivamente la eró tica humana hasta hacerla del todo distinta al resto de las especies mamíferas. Los dos cambios fundamentales que experimentaron aque llas protomujeres fueron: sacar el clítoris fuera de la vagina y abando nar el celo modificando la bioquímica de su deseo. Empecemos con la externalización del clítoris. Aunque a veces parece que el clítoris es una invención de la década de los sesenta (como si nuestras abuelas o las abuelas de nuestras abuelas no hubiesen tenido tal atributo) el clítoris es un invento evolutivamente lejano. T anto como el pene. Quiero decir, exactamente tanto como el pene. Probablemente usted nunca se haya preguntado dónde tiene el clítoris una perra, una vaca o una ballena. Incluso

es probable que haya dado por sentado que tales hembras no tienen clítoris. Sin embargo en todas las especies en las que el macho tiene un pene genital (a veces, por similitud, llamamos pene a estructuras que no son exactamente genita les), la hembra de esa especie también tiene clítoris. Puede no tener va gina pero si tiene clítoris. Es una regla sin ninguna excepción posible pues, desde un punto de vista embriológico y evolutivo, pene y clítoris son estructuras equivalentes y homólogas. Luego, si en una especie con creta, hay barro embriológico e historia evolutiva para modelar penes, lo hay también para modelar clítoris. T odas las mamíferas —excepto algunas primates— tienen el clí toris (mejor dicho, el grande

del clítoris) dentro de la vagina. Así pues, son hembras de especies en las que placer y reproducción están anató micamente unidas. Igual ocurre en todos los machos mamíferos (inclui dos los humanos) que el placer y la reproducción (en este caso, orgasmo y eyaculación) están tan íntimamente unidos que no se adivina que son dos cosas y no una. Sin embargo, la vagina y el clítoris son del todo di ferentes y muy fáciles de ser diferenciadas. Desde que se produjo aquel cambio evolutivo, en el cuerpo femenino, cada cosa tiene su sitio y hay un sitio para cada cosa. Así pues, quienes siguen defendiendo la inexo / LA REVOLuCIÓN EVOLuTIVA FEMENINA rable conjunción entre placer y reproducción parecen

desconocer por completo la anatomía femenina. La otra gran modificación tuvo que ver con la singularidad del deseo femenino humano. En todas las especies mamíferas (como siem pre, hay que excluir a algunos primates) el deseo de las hembras esta ́ ex clusivamente regulado por hormonas y se expresa mediante un celo regular que aparece en determinados momentos del todo predecibles. El celo de las hembras mamíferas (lo que podríamos llamar el instinto del otro ) no depende de estímulos externos, sino del escenario interno: del momento endocrino. Cuando las hormonas lo prescriben, una vaca, una perra, una gata, una ballena, etc. sienten un impulso que les lleva a bus car compañero y a aparearse. A lo sumo, eligen entre

pretendientes, cada especie según sus particulares reglas. Todo esto independiente mente de la calidad y la cantidad de sus posibles pretendientes. Así, una hembra mamífera elige entre los pretendientes disponibles pero no elige su propia disponibilidad. Por razón de aquella Revolución evolutiva, el deseo femenino dejo ́ de ser exclusivamente hormonal, para pasar a ser fundamental mente neuronal. De esta manera, paso ́ de ser receptivo a ser proactivo . Paso ́ de estar determinado por el escenario interno para ser, ahora, in fluido por los estímulos externos (mediados por el cerebro). Desde en tonces, las hembras humanas no tienen celo o, mejor dicho, su actividad sexual no está sometida al celo y pueden activarse en cualquier mo mento de

su ciclo. Como cualquier macho mamífero. Y aunque es cierto que no se han liberado del todo de cierta influencia hormonal (que au menta o disminuye su disponibilidad), las hormonas ya no determinan su deseo o su comportamiento. Así que, en nuestra especie, el deseo femenino se cerebralizó y se masculinizó (o sea, se hizo menos femenino y menos endocrino). T anto es así que, la nuestra es la única especie conocida en la que ambos sexos tienen similares niveles de un andrógeno conocido como DHEA. Desde entonces, como cualquier otro macho mamífero, una hembra humana 109 siente deseo –o puede sentirloen cualquier momento de su ciclo hor monal y dependiendo sólo de los estímulos externos que reciba. Si esto

ocurre, que algún estímulo exterior activa el mecanismo del deseo, se pone en marcha la maquinaria neuro-endocrina necesaria para que, efectivamente, este deseo sea posible. Aquellas hembras humanas dejaron de ser hembras; al menos se distanciaron espectacularmente del resto de las hembras mamíferas. T anto que una mujer no es sexualmente comparable con ninguna otra hembra de ninguna otra especie (excepto las hembras bonobo). Res pecto de la cuestión sexual y reproductiva podría decirse que los hom bres somos evolutivamente más arcaicos pues no hay un salto evolutivo tan grande entre un hombre y cualquier otro macho mamífero. O dicho de otro modo, un hombre se parece más a un caballo que lo que se pa rece una mujer a

una yegua. Esto puede repetirse con cada especie ma mífera. Por eso, me parece a mí, que estos cambios evolutivos acaecidos en el cuerpo de la mujer sí merecen ser llamados y reconocidos como la más importante Revolución Femenina de todos los tiempos. Y en este caso, usamos la expresión tiempos en su dimensión más enorme: millo nes de años. / LA REVOLuCIÓN EVOLuTIVA FEMENINA

Desde la divulgación sexológica, este tramo final refuerza una idea central: comprender los sexos exige precisión conceptual, escucha de la experiencia y responsabilidad ética en el modo de nombrar.