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Capítulo 7: Promiscuidad

Texto breve para la divulgación de los sexos · Adaptación editorial para blog
Imagen ilustrativa del capítulo 7

41 7. PROMISCUIDAD Promiscuidad significa: mezcla, confusión. En nuestros días el hecho sexual es, más que nunca, un hecho promiscuo donde todo se mezcla y todo se confunde. Jamás hubo tanta información pero jamás se produjo tal confusión, tanta mezcolanza y tanto aturdimiento res pecto a lo sexual. Con frecuencia se utilizan los términos sexo y sexualidad como si fueran sinónimos. Quizás con un matiz diferencial: parece que la se xualidad es más fina o más humana mientras que el sexo es más grosero o más animal. Confundir sexo con sexualidad es como confundir per sona con personalidad, carne con carnalidad o razón con racionalidad. Un despropósito. Otra confusión no menos grave: la que mezcla el sexo con la eró

tica, lo que somos por lo que hacemos. Confundir sexo con erótica es como confundir la persona con sus hábitos, la cultura con las tradicio nes o la democracia con el sufragio. Un desatino. Otra bastante frecuente: la que confunde Sexología con proble mas sexuales. Es como confundir el Derecho con los delitos o la Enolo gía con las borracheras. Un dislate. El sexo no es algo que se tiene o algo que se hace; el sexo es algo que se es. Precisamente porque somos: hacemos y tenemos. Así pues, porque somos sexuados (o sea, hombres y mujeres) tenemos atributos (femeninos y masculinos) y hacemos conductas femeninas y masculinas. Ahora bien, este asunto no es lo lineal, lo predecible y

lo binario que nos han dicho que es. El asunto parece sencillo pero es complejo. Esta condición: la condición sexual (la condición de ser seres se xuados) no es disyuntiva, sino copulativa (o sea, incluyente). No somos hombres o mujeres; sino que somos: hombres y mujeres. Pues los sexos no sólo conviven y coexisten en el mundo, en las plazas, en las fábricas y en las camas sino que conviven, también, en el interior de cada indi viduo. Que es, inexorablemente, intersexual. Cada quien –mucho o pocoes de lo uno y de lo otro, tiene de lo uno y de lo otro y hace de lo uno y de lo otro. Luego, lo puede llevar mejor o peor; pero es

lo que hay. Ahora bien, ¿que ́ es ser hombre?, ¿que ́, ser mujer? Pues, precisamente, esa es la gran pregunta que da sentido a una ciencia a la que, desde hace más de cien años, llamamos Sexología. Se trata de una dis ciplina científica que se ocupa de los hombres en tanto que hombres, de las mujeres en tanto que mujeres y en sus relaciones en tanto que se xuadas, sexuales y eróticas. Son muchos y muy complejos los mecanismos biológicos, psico lógicos y sociales que nos hacen ser y sentirnos hombres o mujeres. Cuando todos –sin excepciónson coherentes entre sí, cualquiera de ellos sirve como referencia. Es igual si elegimos los cromosomas, los ge nitales, las gónadas, el

nombre de pila, la vestimenta, el baño público que se frecuenta, el DNI, etc. Sin embargo, no siempre ocurre que todo coincide. La realidad sexual es mucho más diversa y complicada. Porque lo normal es que –muchas o pocashaya incoherencias entre unos y otros niveles de la sexuación. Así que no es tan fácil aclararse con el asunto de qué es lo que hace que alguien sea hombre o mujer. Si se busca una respuesta rápida sólo hay una: la identidad sexual. Pero, para eso, hay que esperar. Que una persona tenga unos u otros genitales no explica cuál es su sexo. T ampoco explica su sexualidad (¿será masculina o femenina?, ¿homo o hetero?, ¿tendrá las areolas grandes y oscuras?),

ni mucho menos cómo se desarrollara ́ su peculiar erótica (¿se masturbara ́?, ¿será casto?, ¿le gustarán los mordiscos en el cuello?,...) Cuando la realidad es tan diversa y compleja, el mejor modo de no entender nada es confundirlo todo y mezclarlo todo. En esto sí que 43 estoy de acuerdo con los puritanos: en esta cultura hipersexualizada im pera la promiscuidad. Diferimos en que, me parece a mí, son ellos quie nes más la alientan impidiendo que circule el conocimiento sexual y dificultando que tal conocimiento sea razonable, racional y razonado. CORTOS No hemos avanzado mucho . Durante milenios se ha creído que un hombre era una persona portadora de un pene. Lo peor es que también se creyó

que una mujer era una persona carente de dicho atri buto. Una barbaridad ¿verdad? Pues en nuestro maravilloso mundo de la alta tecnología sigue siendo el modo con el cual asignamos el sexo a los neonatos (recién nacidos) y a los nasciturus (los que van a nacer). Gracias a la ecografía podemos saber el sexo del feto algunos meses antes del alumbramiento. Si se ve pene, es niño; si no se ve, es niña. En esto no estamos nada lejos de nuestros antepasados cavernícolas; salvo que ellos tenían que esperar al parto para llegar a la misma conclusión. Hemos mejorado que sabemos lo mismo y del mismo modo, pero po demos saberlo antes. T ransexuales . Los transexuales son personas

cuya identidad se xual no coincide con su anatomía sexual. En realidad, con la apariencia neonatal de sus genitales. Suele decirse que, mientras que su cerebro es de un sexo, su cuerpo es del otro. Es una forma de explicarlo. Otra, por cierto, mucho más certera: porque su identidad sexual no se corres ponde con la categorización sexual que les dieron en el nacimiento. En la actualidad, como no es posible alterar su identidad se producen va riaciones en su anatomía y en su fisiología. Doping genético . En la alta competición femenina el criterio que se sigue para discernir el sexo de las competidoras es el cromosó mico. T ras las pertinentes pruebas, si una atleta tiene un cromosoma

Y de nada le valdrá su DNI, llamarse Eva, tener reglas o incluso ser madre. / PROMISCuIdAd Queda descalificada como participante de una prueba femenina porque se considera que posee una especie de ventaja genética . Para participar en la competición masculina no hay pruebas de sexo. Si las hubiese igual se romperían algunos mitos. En cualquier caso, y por definición, los olímpicos siempre tienen cierta ventaja genética . Sin ella, no llegarían a serlo. Porque no todo es técnica y entrenamiento. Ser lo que se tiene . Suele creerse que somos (sexo) en virtud de lo que tenemos (atributos sexuales). Según esto, si se nos quitase o se nos cambiase lo que tenemos resulta que cambiaría lo que somos.

Esta idea es muy infantil (de hecho, todos los niños la tienen; lo grave es cuando los adultos se obstinan con ella). Paradojicamente, durante mucho tiempo los adultos (incluso sabios) creyeron que esta idea era cierta du rante los primeros años de vida. Hoy, después de algunas terrible tra gedias, sabemos que ni siquiera en los primeros meses de vida puede cambiarse el sexo que cada bebé ya es. O dicho de otro modo, somos lo que somos al margen de cuáles atributos tengamos. T odo lo que po demos hacer es: descubrirlo, aceptarlo y vivir en armonía con ello. Pues las alternativas no son otra cosa que: formas del sufrimiento. Intersexuales . T odos somos intersexuales puesto que en

todos nosotros convive lo masculino y lo femenino. Pero en algunas personas el asunto es muy manifiesto y chocante. Por ejemplo, hay personas con cromosoma Y (masculino) que tienen pechos y vulva. Las hay con ge nitales femeninos (clítoris y vagina) pero con testículos interiores. Hay hombres biológicamente coherentes que son psicológica y socialmente mujeres; o al revés. Los ejemplos son muchos y no vamos a detenernos en ello. En cualquier caso, no estamos hablando de monstruos. Lo au ténticamente monstruoso es la idea de que el sexo es una regla que hay que cumplir. Lo monstruoso es olvidar que hay personas detrás de cada una de esas "excepciones a la regla". T ambién es monstruoso descono cer que, con

más o menos evidencia o conciencia, todos somos una ex cepción a esa regla: la regla sexual. Y es que esta regla sólo tiene excepciones; tantas, y tan variadas, que las llamamos "diversidades". Este capítulo, "Promiscuidad", puede leerse como una invitación a pensar los sexos sin recetas rápidas. Aparecen con fuerza términos como sexo, somos, sexual, hombres, no como etiquetas cerradas, sino como herramientas de comprensión. La escritura insiste en mirar la experiencia concreta, el contexto y la singularidad de cada biografía sexuada. Desde una clave divulgativa, el texto desplaza la pregunta por lo "normal" hacia la pregunta por lo "vivible" y lo "digno". Por eso, al hablar de sexo y somos, no se limita a describir conductas: propone un

modo de leer la convivencia entre deseos, límites y pactos. En términos profesionales, la utilidad del capítulo está en su capacidad para traducir conceptos complejos a lenguaje operativo. Quien acompaña procesos clínicos, educativos o comunitarios encontrará aquí un vocabulario preciso para intervenir sin moralizar. El eje de fondo es consistente: la sexualidad no se reduce a rendimiento, ni a técnica, ni a guion único. Se articula en tramas de sentido donde cuerpo, palabra y vínculo se transforman con el tiempo, con la historia personal y con las condiciones sociales.