37 6. VIRGUERÍAS Vuelven las viejas e interminables discusiones en torno a la virgi nidad. Detractores y defensores se enzarzan en sus viejas y estériles po lémicas. Analicemos el asunto sin enarbolar bandera alguna. La virginidad como valor, su exigencia social y la consiguiente inspección del himen, han propiciado históricamente hechos profunda mente irrespetuosos y crueles con las mujeres. Así: se cerceno ́ su liber tad, se vigilo ́ su intimidad, se examino ́ su aptitud matrimonial y se puso su honestidad en manos del azar, el engaño o la hipocresía. En tanto que, por no-virgen podía ser descalificada o repudiada, la muchacha ca sadera estaba obligada a demostrar su virginal condición. Erróneamente se considero ́ como prueba inequívoca de
esta honradez la presencia de sangre en el primer coito, suponiéndose que esta sangre era el resultante de la ruptura del himen y suponiéndose que el himen estaba allí para eso. Parecía que la naturaleza había creado el himen como "precinto de garantía". Parecía que la existencia del himen demostraba la cualidad "natural" y no "cultural" de la virginidad como imperativo moral. ¡Ay! cuántas cosas que parecían ser ciertas, resultaron no serlo. En la actualidad sabemos que: menos de un 30% de mujeres tie nen una hemorragia en su primer coito. Es muy probable que este por centaje fuese mucho mayor antiguamente, puesto que ese primer coito solía producirse a una edad mucho más temprana; luego, más cercana a la
menarquia. De hecho, durante muchos siglos el primer embarazo fue frecuentemente adolescente (la Virgen María es un ejemplo bien co nocido). Sin embargo, no es creíble — ni siquiera en aquellos tiempos —, que todas las mujeres tuvieran una profusa hemorragia en su pri mera penetración. Entonces, ¿por qué y cómo se mantuvo esa creencia que provoco ́ durante tantos siglos tantas desconfianzas infundadas en el seno del ma trimonio, tantos odios y recelos e incluso tantos crímenes?. La respuesta se oculta en las sombras de la ignorancia sexual. El himen es un repliegue membranoso de la mucosa vaginal cuya función es la protección mecánica de la vagina. Durante un tiempo man tiene la apertura vaginal semicerrada. La naturaleza advirtió
que la aper tura vaginal –necesaria para la función reproductoratenía un pequeño defecto: podía permitir la entrada de gérmenes nocivos. Por ello in vento ́ esta especie de "braguita natural" mucho antes de que inventá semos la ropa interior. Sin embargo esta "braguita" tenía a su vez otro defecto: llegada la pubertad dificultaba el flujo menstrual y la posible pe netración. Así pues, a esta edad había que diseñar otros mecanismos de defensa más eficaces que ya dejaron de ser exclusivamente mecánicos para empezar a ser químicos. Estos son: su característico pH y la flora va ginal. T al es así que, a partir de la aparición de las primeras reglas y la creación del sistema de defensa química de
la vagina, el himen pierde la razón fisiológica para la que fue creado. Por ello, a partir de este mo mento, la naturaleza lo desatiende: no hace esfuerzo alguno para rege nerarlo e inicia un proceso degenerativo que lo torna, cada vez más residual, menos grueso y menos vascularizado. Así que, cuanto más tiempo lleve este proceso, más fácil se rasga y menos sangra en su rup tura. Asociar un hecho moral –la virginidadcon un hecho anatómico –el himenfue, indudablemente, un profundo error. Pero entender la virginidad como un cáncer del que hay que vacunarse es también otro error que no remedia el anterior. La virginidad puede entenderse de modos que no hagan hincapié ni en la mujer, ni en
el himen, ni en la fis calización externa. Posponer las prácticas coitales al marco del matrimonio, del 39 mayor conocimiento, del compromiso o a cualquier otro (existe una tendencia a posponerlo al contexto amoroso, a la situación idónea, a la persona adecuada,...) pertenece al ámbito de lo estrictamente personal. No puede ser una prescripción; como mucho, un consejo. Además, en contra lo que se ha dicho, este ejercicio de espera no significa necesa riamente abstinencia, represión o puritanismo. Esperar o posponer no tiene por qué significar pararse o no avanzar. T odo lo contrario, se trata de seguir progresando en el desarrollo erótico. La virginidad, así entendida, tiene una indudable ventaja erótica: propicia una mayor exploración corporal (del propio cuerpo
y del cuerpo ajeno) con el consiguiente aumento de la particular erótica de la pareja. Pues, esos son los hechos, los jóvenes dejan de investigar –o ex ploran menoscuando empiezan a tener "relaciones sexuales comple tas". Creen que ya lo saben todo y caen en la tentación de "abandonar los estudios". CORTOS Orfebrería genital . Las virgueras eran mujeres profesionalmente dedicadas a la reconstrucción del himen femenino. A pesar de sus esca sos recursos técnicos demostraban gran destreza en el ejercicio de su tra bajo del cual dependía la rehabilitación social y moral de las mujeres casaderas. En castellano se mantiene una antigua expresión para definir una tarea muy bien hecha o adornada. Decimos: "es una virguería". Por cierto, en
la actualidad aún se hacen virguerías. Ahora, con recursos qui rúrgicos del más alto nivel. Pero el asunto es el mismo: mantener la pre sencia de sangre iniciática y dar credibilidad a la gran quimera. T rucos y tretas . Programar la celebración de la boda haciéndola coincidir con el periodo menstrual era una argucia que garantizaba la presencia de sangre en la noche de bodas. Hoy mediante píldoras, es perfectamente posible regular la sangre menstrual para que coincida con / VIRGuERÍAS la fecha nupcial. T ambién es posible lo contrario: evitar la sangre mens trual en tal fecha. En los años sesenta y setenta muchas jóvenes nortea fricanas que cursaban estudios universitarios en Francia, descubrieron la sexualidad anal. Ello
les permitió regresar a sus países licenciadas, se xualmente activas y vírgenes. No significa nada . El himen puede, o no, romperse con la pri mera penetración. Puede, o no, romperse mediante otras prácticas no necesariamente sexuales. Desde un punto de vista científico que el himen este ́ roto, por sí solo, solamente prueba eso: que se ha roto. La primera vez duele (sobre todo si te lo crees) . Se ha aso ciado el dolor del primer coito a la ruptura del himen. Es erróneo. En primer lugar, la primera penetración no ha de ser necesariamente dolo rosa. Y , en segundo lugar, cuando sí lo es, suele relacionarse con la in voluntaria contracción muscular de la vagina (espasmo).
Por eso "creer que va a doler" y temer tal dolor, ayuda a que "de verdad, duela". Poquita sangre . Actualmente el 50% de las chicas españolas tie nen su primer coito entre los 17 y los 21 años y tienen su primera regla entre los 11 y los 13. Pasan pues entre 5 y 9 años entre un acontecimiento y otro. Demasiados años para que el himen sobreviva con las capacida des hemorrágicas que se le suponen. Este capítulo, "Virguerías", puede leerse como una invitación a pensar los sexos sin recetas rápidas. Aparecen con fuerza términos como himen, sangre, primer, virginidad, no como etiquetas cerradas, sino como herramientas de comprensión. La escritura insiste en mirar la experiencia concreta, el
contexto y la singularidad de cada biografía sexuada. Desde una clave divulgativa, el texto desplaza la pregunta por lo "normal" hacia la pregunta por lo "vivible" y lo "digno". Por eso, al hablar de himen y sangre, no se limita a describir conductas: propone un modo de leer la convivencia entre deseos, límites y pactos. En términos profesionales, la utilidad del capítulo está en su capacidad para traducir conceptos complejos a lenguaje operativo. Quien acompaña procesos clínicos, educativos o comunitarios encontrará aquí un vocabulario preciso para intervenir sin moralizar. El eje de fondo es consistente: la sexualidad no se reduce a rendimiento, ni a técnica, ni a guion único. Se articula en tramas de sentido donde cuerpo, palabra y vínculo
se transforman con el tiempo, con la historia personal y con las condiciones sociales. Leído hoy, el capítulo conserva vigencia porque evita simplificaciones. No promete soluciones mágicas: ofrece criterios. Y esos criterios permiten pensar mejor, conversar mejor y acompañar mejor. Este capítulo, "Virguerías", puede leerse como una invitación a pensar los sexos sin recetas rápidas. Aparecen con fuerza términos como himen, sangre, primer, virginidad, no como etiquetas cerradas, sino como herramientas de comprensión. La escritura insiste en mirar la experiencia concreta, el contexto y la singularidad de cada biografía sexuada. Desde una clave divulgativa, el texto desplaza la pregunta por lo "normal" hacia la pregunta por lo "vivible" y lo "digno". Por eso, al hablar de himen y sangre, no
se limita a describir conductas: propone un modo de leer la convivencia entre deseos, límites y pactos. En términos profesionales, la utilidad del capítulo está en su capacidad para traducir conceptos complejos a lenguaje operativo. Quien acompaña procesos clínicos, educativos o comunitarios encontrará aquí un vocabulario preciso para intervenir sin moralizar. El eje de fondo es consistente: la sexualidad no se reduce a rendimiento, ni a técnica, ni a guion único. Se articula en tramas de sentido donde cuerpo, palabra y vínculo se transforman con el tiempo, con la historia personal y con las condiciones sociales.
