33 5. LA QUÍMICA DEL AMOR La investigación científica esta ́ desvelando secretos que el cerebro celosamente guardaba y principiamos a comprender los modos en que este órgano nos gobierna. Sabemos ya, y aún sabremos más en el futuro, bastantes cosas sobre los elementos químicos cerebrales que determinan nuestras emociones, nuestros comportamientos y nuestras aptitudes. A algunos todo este asunto les asusta. Seguramente porque sobrevuelan los fantasmas del monstruo del Dr. Frankenstein. Sin embargo, aunque sin duda, siempre hay peligros, el conocimiento siempre aporta más opor tunidades que riesgos. Hablemos pues, de química; mejor dicho, de química cerebral. Así que, nos centraremos en la química del amor (que no reside en el corazón; sino en el cerebro). Dedicaremos pues unas
breves líneas a los soportes químicos sobre los que se asientan la atracción, el deseo y el enamoramiento. Convendría distinguir entre la atracción estética y la atracción erótica que son atracciones que con frecuencia confundimos y que no siempre coinciden. Por un lado, propendemos hacia la belleza; en este caso, humana. Por lo tanto, mostramos interés y nos fascinan determi nadas formas, volúmenes o proporciones del cuerpo, determinados co lores, texturas o brillos de la piel, el cabello,... Sin embargo, al margen de lo anterior, sentimos atracción (o, al contrario, aversión) por razones irracionales que ni siquiera sabemos explicar porque parte del sustrato químico conocido de la atracción erótica lo constituyen las feromonas. Estas sustancias volátiles que secretamos y expelemos
en determinadas zonas de nuestro cuerpo (todas ellas de claro contenido sexual) pueden ser "captadas" por otras personas a través del olfato. En rigor se trata del órgano vomero-nasal que esta ́ situado en el interior de la nariz. Este ór gano está conectado con el cerebro medio pero no envía señales al cór tex cerebral. Lo cual quiere decir que no deja pistas de conciencia. Ha blamos pues de material subliminal que actúa por debajo de nuestro "darnos cuenta". Durante mucho tiempo hemos creído que el olfato humano había perdido sus ancestrales capacidades de reconocimiento feromonal que sí constatábamos en otras especies; desde insectos hasta primates. No obstante, se han realizado experimentos científicos que demuestran fehacientemente que, nuestro cerebro,
gracias a la información química que llega por estas vías, es capaz de captar feromonas clasificándolas como atractivas o repulsivas. Ni qué decir que tal asunto condiciona nuestra conducta posterior de acercamiento o alejamiento. Esta infor mación queda alojada en las zonas más recónditas del cerebro: aquellas con las que no podemos operar racionalmente, ni siquiera tenemos consciencia. No obstante, aunque no podamos tener conciencia de nues tras inconsciencias sí podemos saber que no podemos darnos cuenta de todo aquello que nos está influyendo. Saber que no sabemos pero sí está pasando (aunque no nos demos cuenta que pasa) puede sernos de gran utilidad en la gestión de nosotros mismos. Desde un punto de vista científico, no sabemos mucho de
fero monas. Peor aún, hay información que se nos oculta porque hay inte reses comerciales (industria cosmética) que obtiene información que no comparte en los foros científicos ordinarios. Sin embargo, no hay duda que hay feromonas masculinas y femeninas, que son diferentes y que juegan algún papel en la elección de compañero erótico. Seguramente por ello, no es nada casual que las primeras conductas eróticas (acerca miento físico, abrazo, beso,...) sean conductas que permiten acercarse y oler antes de comprometerse demasiado. Del mismo modo, esta puede ser la razón del éxito de los espacios festivos muy ruidosos y repletos de gente. En tales condiciones cualquier comunicación, por mínima que sea, requiere de un estrecho acercamiento que, en otras condiciones, re
sultaría excesivo o invasivo. El sustrato químico conocido del deseo erástico (que es el deseo de desear a objetos que sean deseables) son los andrógenos en general y la testosterona en concreto. Hablamos de una hormona masculini zante que se fabrica en grandes cantidades en los testículos. Sin embargo, no es una hormona exclusivamente masculina. Aunque en menores dosis (una décima parte), las mujeres también la producen en las glándulas suprarrenales y en los ovarios. Por otro lado, el deseo eroménico (que es el deseo de ser deseado por sujetos deseantes cuyo deseo se desea) son los estrógenos. Aunque hablamos de una hormona feminizante que se fabrica en grandes cantidades en los ovarios, no es una hormona ex clusivamente femenina.
Aunque en menores dosis, los hombres también la producen en los testículos y en el cerebro. T odo indica que la acción de tales hormonas inciden en las diferencias de deseo entre los hombres y las mujeres. El cerebro participa activamente en la fabricación de tales hormonas (inhibiendo o incrementando su producción en las gónadas). A su vez, es un productor secundario de tales hormonas. Pero, además, es un órgano diana donde estas hormonas inciden. Por razón de tales in fluencias, estas hormonas tienen efectos psíquicos que afectan a algunas materias que siempre hemos considerado relacionadas con el alma (y no con el cuerpo). Finalmente, el sustrato químico del enamoramiento es la fenile tilamina (FEA). Esta potente droga cerebral es
la causante de ese mara villoso y transitorio estado de enajenación mental del cual todos tenemos alguna constancia biográfica. Sus síntomas suelen ser: distor sión perceptiva, alteración del pulso, palpitaciones, rubor, brillo especí fico de los ojos, laxitud facial (sonrisa bobalicona), sensación de derretimiento, perturbación de las facultades vocales, abandono de los modos habituales de juicio y valoración, euforia e incremento del atre vimiento necesario para abordar al objeto amado. Dicho todo lo anterior, puede decirse que las feromonas, las hor monas sexuales y los neurotransmisores (en este caso, la FEA) son los pedestales químicos que soportan esas razones del corazón que la Razón no comprende. Ahora sí, conviene tener esto bien claro: no son el amor (o el deseo)
mismo; pero sin ellas, el amor (o el deseo) no tendría sos tén material; ni por lo tanto, existencia. Dicho de otro modo, el cuerpo / LA quÍMICA dEL AMOR no es el baile pero sin cuerpo no hay baile. Así pues, habrá que aceptar algo que nos cuesta mucho acep tar:"todo es química"; ahora bien, no es menos cierto que: "la química no lo es todo". Conviene conocer nuestras determinaciones para mejor entenderlas, gestionarlas y trascenderlas. La clave de la libertad humana no reside en la negación de nuestros determinantes biológicos (quími cos, genéticos, neurológicos, hormonales,...) sino en nuestra destreza para gestionarnos razonable y soberanamente CORTOS Billete de ida y vuelta. El contacto físico de un cuerpo con otro
puede ejercer poderosos efectos sobre la química del cerebro. Así pues si es cierto que la química cerebral determina nuestra conducta erótica, tam bién es cierto que nuestra conducta erótica determina la producción quí mica del cerebro. Se trata de un doble juego circular con billete de ida y vuelta. Dura poco. Por fortuna esta potente droga cerebral conocida como FEA tiene una actividad efímera. Finalizada su acción el cerebro produce otras sustancias menos transgresoras y menos perturbadoras del normal desarrollo de la vida y de las relaciones con los demás. Es una pena, pero no funciona. En virtud de que la testosterona es producida mayoritariamente por los testículos se ha sugerido la castra ción (quirúrgica o química) de los
violadores. Con esta medida des ciende su deseo pero no su anhelo de producir daño o su necesidad de dominio. Así pues, tal castración no resuelve el auténtico problema; in cluso, puede incrementarlo. Este capítulo, "La Química Del Amor", puede leerse como una invitación a pensar los sexos sin recetas rápidas. Aparecen con fuerza términos como química, cerebro, deseo, aunque, no como etiquetas cerradas, sino como herramientas de comprensión. La escritura insiste en mirar la experiencia concreta, el contexto y la singularidad de cada biografía sexuada. Desde una clave divulgativa, el texto desplaza la pregunta por lo "normal" hacia la pregunta por lo "vivible" y lo "digno". Por eso, al hablar de química y cerebro, no se limita a describir
conductas: propone un modo de leer la convivencia entre deseos, límites y pactos. En términos profesionales, la utilidad del capítulo está en su capacidad para traducir conceptos complejos a lenguaje operativo. Quien acompaña procesos clínicos, educativos o comunitarios encontrará aquí un vocabulario preciso para intervenir sin moralizar. El eje de fondo es consistente: la sexualidad no se reduce a rendimiento, ni a técnica, ni a guion único. Se articula en tramas de sentido donde cuerpo, palabra y vínculo se transforman con el tiempo, con la historia personal y con las condiciones sociales. Leído hoy, el capítulo conserva vigencia porque evita simplificaciones. No promete soluciones mágicas: ofrece criterios. Y esos criterios permiten pensar mejor, conversar mejor y acompañar mejor. Este capítulo,
"La Química Del Amor", puede leerse como una invitación a pensar los sexos sin recetas rápidas. Aparecen con fuerza términos como química, cerebro, deseo, aunque, no como etiquetas cerradas, sino como herramientas de comprensión. La escritura insiste en mirar la experiencia concreta, el contexto y la singularidad de cada biografía sexuada. Desde una clave divulgativa, el texto desplaza la pregunta por lo "normal" hacia la pregunta por lo "vivible" y lo "digno". Por eso, al hablar de química y cerebro, no se limita a describir conductas: propone un modo de leer la convivencia entre deseos, límites y pactos.
